Mirar y trotar

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

Turistas fotografiándose ante la escultura de un toro en Wall Street (Nueva York).
Turistas fotografiándose ante la escultura de un toro en Wall Street (Nueva York). Chip East | REUTERS

Se marcha agosto y vuelve la gente a sus casas. Un amigo que pasó por aquí le contaba a su mujer que, cuando le di clase, tenía en el salvapantallas unos versos de Eliot: «Enséñanos a estar sentados tranquilos». Han pasado treinta años de aquello, pero sigue pareciéndome fundamental saber estarse quieto, tranquilo, sin miedo a uno mismo. No recuerdo ahora quién decía que algunos viajan para escapar de sí mismos y al llegar a destino descubren que siguen allí. Hay quien piensa que el mucho viajar da cultura o sana la palurdez. Sin duda. Pero nadie se atrevería a llamar inculto a Pessoa, que nació en Portugal, pasó la infancia en Sudáfrica, regresó a Lisboa y ya no salió de allí. Tolkien lo hizo al revés: nació en Sudáfrica y luego se instaló en Inglaterra para que sus personajes pudieran viajar. Kant jamás abandonó su ciudad. Algunos tuvieron que estarse quietos por salud, como Flannery O'Connor, y otros se vieron obligados al exilio o a escapar de los acreedores, como Dostoievski, pero hubieran preferido el sosiego de Tolstoi. Faulkner regresó al Sur en cuanto la Metro le permitió abandonar Hollywood y trabajar desde casa. Chesterton viajaba poco y siempre con el mismo destino: ver mejor a la vuelta.

Delibes también viajaba poco, y solo en coche. Detestaba el avión y decía que todas las ciudades quieren parecerse a Nueva York. Acaso el mundo ya es la aldea global que predijo Marshall McLuhan y hay menos que ver, porque todo y todos se parecen mucho. Quizá por eso importa cada vez más saber mirar para distinguir, en vez de trotar de un lugar emblemático al siguiente cazando destinos con el móvil. Sin caer, claro, en la liga emergente de los antiviaje. Los anti suelen ser pesaditos.