Asistimos en los últimos tiempos a un espectáculo político que desafía con frecuencia las leyes de la termodinámica, con un consumo incesante de energía verbal que, paradójicamente, apenas produce trabajo útil, limitándose a igualar la temperatura ambiente a la de los incendios que nos asolan.
En este carrusel de escalada de reproches —un auténtico y perpetuo rifirrafe en el que cada cual busca la frase más efectista para el telediario de las tres—, uno no puede evitar mirar de soslayo hacia el baúl de los recursos históricos en busca de algún antídoto. Y es entonces cuando viene a la cabeza la escena del rey emérito espetándole en una cumbre iberoamericana al ínclito Chávez aquel directo y expeditivo: «¿Por qué no te callas?».
La ocurrencia, leída hoy desde la perspectiva del hartazgo ciudadano, tiene un indudable atractivo estético. ¿Quién no ha sentido el impulso irrefrenable, ante la sucesión ininterrumpida de ruedas de prensa vacías, mítines de trinchera, tertulianos de recebo y veneno en redes sociales, de exclamar, urbe et orbi, ‘«¿Por qué no os calláis?’». Sería, en teoría, la panacea de la concordia, una pausa de silencio higiénico en la que los decibelios bajaran a cero y el córtex prefrontal de nuestros representantes pudiera, al fin, volver a regar sus neuronas con oxígeno.
Sin embargo, el observador avezado —ese que sabe que en política los atajos casi siempre conducen al atolladero— enseguida advierte el peligro. El silencio impuesto por decreto o por admonición regia tiene un encanto estético indudable, pero en democracia resulta ser un espejismo peligroso. Si suprimiéramos el ruido de golpe, correríamos el riesgo de descubrir que debajo del griterío no había un contenido extraordinario esperando a ser escuchado, sino un vacío elocuente.
El barullo político actual es, al fin y al cabo, el reflejo ruidoso de nuestras propias fracturas sociales. No nos engañemos: el político que grita no es más que el espejo deformado de una sociedad que ha confundido las injurias y la descalificación con el debate. Invocar un «cierre de bocas» desde la autoridad suprema, sonaría a tentación nostálgica de un orden perdido que jamás fue tal, sino simplemente una forma distinta de silenciar los matices.
Quizá, por tanto, lo verdaderamente subversivo en esta época de pirotecnia verbal no sea pedir que los demás se callen, sino aprender a escucharlos como a la música y dejar que la estridencia se agote sola. Al fin y al cabo, el silencio obligatorio es solo una pausa momentánea; el silencio cultivado, en cambio, es el único espacio donde todavía es posible pensar.
Aunque me queda la duda de que si, aun callados, sean capaces de pensar otra cosa.