somos nuestros servicios públicos. No hay otra manera de medir un país digno. La sanidad en verano sufre todavía más. Y eso que la huelga contra la ministra de Sanidad no se convertirá en indefinida hasta la vuelta del verano, precisamente por el sentido de responsabilidad de los médicos, que saben lo frágil que están los hospitales y centros de salud en julio y agosto por turnos y vacaciones. Las enfermeras son otro punto débil de la cadena. Cada vez es una profesión más tensionada. Se están suspendiendo operaciones por falta de sus manos. Que la sanidad está en peligro ya lo sabemos. Pero ahora que están descansando del curso es el momento de hablar de los profesores y de su situación. De todos los profesionales que hacen que nuestra educación pública funcione, con la dignidad que lo hace. En muchas comunidades autónomas, los docentes están en pie de guerra. Volverán las movilizaciones en septiembre. Quieren unas condiciones mínimas de trabajo, las que no tienen. La educación concertada, que hace un gran servicio, pide un trato de igualdad con los centros públicos. Todo en este sector es necesario que sea evaluado con seriedad. El famoso pacto de Estado, que nunca llegará. Sin educación, no hay futuro. Todos tenemos en nuestro pasado de estudiantes un clic. Un momento clave en el que entró en el aula un profesor con vocación que nos cambió la vida. En mi caso fui afortunado. Fueron más de uno. Una profesora de Literatura, María Jesús, un profesor de Lengua, Vallejo, un profesor de Latín y Griego, Sandoval. Un maravilloso camino dorado que me llevó al mundo de las letras. Cambiaron mi vida gracias a su entusiasmo, a su claridad al transmitirme los conocimientos necesarios para que el aula dejase de parecer una jaula. Está en la mano de nuestros políticos que la educación tenga los medios que precise para que los docentes decentes no arrastren los pies como una condena cada vez que están ante los alumnos. En cualquier oficio, los jóvenes empiezan con fuerza. Y la realidad muchas veces cruel los va poniendo en su sitio. No nos podemos permitir ese desgaste justo en la educación. Como tampoco en la sanidad. Nos jugamos mente y cuerpo. Necesitamos unos profes motivados como los que tuve yo para que contagien el mejor virus del mundo, el del entusiasmo. No necesitamos tutores que se creen dioses y que castigan a los alumnos con sus caprichos. Que deciden optar por el cinismo, muchas veces por la falta de medios. No. Queremos maestros, el elogio de maestros y maestras, de los de toda la vida. De esos que nos hicieron ser de letras como una insignia de valor, cuando ya entonces, como ahora, a los de letras nos llamaban (y les llaman) los letrasados. De letrasados, nada. Nada puede ser tan hermoso como transmitir sabiduría, pero no se puede hacer en unas condiciones espantosas, en las que se caen las aulas, las jaulas, no se paga lo justo y se castiga al que tiene ganas. Así solo iremos a peor. El problema no son las pantallas. El problema no son los alumnos. El problema es que hay que mimar la educación o la herencia que dejaremos será un desierto de neuronas que nadie supo regar a tiempo.