Un reencuentro casual con la voz hablista nos ha llevado a comprobar el estado de salud del nombre que se da a la persona que se distingue por la pureza, propiedad y elegancia del lenguaje. Una consulta al Corpes XXI lleva a concluir que va camino de dejar de usarse. En efecto, solo aparece siete veces entre las más de 455 millones de formas ortográficas incluidas en cerca de 420.000 documentos de todos los países de habla española que contiene el Corpus del Español del Siglo XXI. Dos de esas apariciones proceden de España: una está en un artículo periodístico de Fernando Aramburu y la otra en una cita que hace Víctor García de la Concha de una carta que una irónica Emilia Pardo Bazán envía a Pérez Galdós el 5 de febrero de 1889: «Valor, firmeza y acuérdese V. de que no es un hablista y por ende (que dirían sus enemigos de V.) no le toca en la Academia no digo sillón: ni siquiera taburete». La propia Pardo Bazán fue calificada por el crítico y académico Eduardo Gómez de Baquero como «el mejor hablista de su siglo». A esos casos puede añadirse una aparición en La Voz de Galicia en el 2007. El término también se ha usado equivocadamente con el sentido de charlista o conferenciante.
El primer uso de hablista que encontramos está en Orígenes de la lengua española (1737), de Gregorio Mayans y Siscar: «Llamamos hablistas i palabristas, no a los que eligen palabras grandes, sino a los que hablan más de lo que deven». No aparece ahí con el sentido con el que se asentó posteriormente, sino con el de palabrista o palabrero, que es el que habla mucho.
La práctica desaparición de hablista en este siglo contrasta con varios registros durante el anterior en La Voz de Galicia. En uno, en 1995, Lázaro Carreter emplea irónicamente el término para criticar a un corresponsal de televisión, al que menciona como «prodigioso hablista» por un dislate. Pocos años antes, Carlos García Bayón había entrevistado a Olga Gallego Domínguez, a la que le preguntó sobre la razón de su ingreso en la Academia Galega: «La de hablista —respondió ella—, no. Yo de lenguaje, nada». Fueron otros los méritos de la archivera e historiadora ourensana.