Los libros no son para el verano

Xose Carlos Caneiro
xosé carlos caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Interior de la imprenta donde nació la primera edición del «Quijote», a 14 de abril, en Madrid.
Interior de la imprenta donde nació la primera edición del «Quijote», a 14 de abril, en Madrid. Eduardo Parra | EURO PAPRESS

Se sorprenderá el lector con el título de esta columna. Enseguida lo aclaro. Quiero decir que los libros son para el verano, pero también para el otoño, el invierno o la primavera. Los libros son para todos los tiempos, las tardes cetrinas y los albores, las lluvias y sus soles, los astros y los demás satélites que los rodean y giran a su alrededor.

En España no se leen demasiados buenos libros, a pesar de que la literatura española ha edificado una magnífica e inigualable historia plena de aciertos, obras perdurables y canónicas. Y digo que no se leen demasiados buenos libros porque la imagen que estamos dando al mundo desde los foros políticos es vulgar, banal y frívola.

Mucho se habla del histrionismo y los malos modales de Donald Trump. Algunos de nuestros servidores públicos no se diferencian en demasía. Los libros son el bálsamo de Fierabrás del que nos hablaba el Quijote. No dan la salud, pero rara vez la quitan (excepcionalmente algunos personajes de ficción y algunos personajes reales han perdido la cabeza de tantas lecturas, pero todos, incluso Alonso Quijano, se han repuesto). Ignoro si en los parlamentos se poseen bibliotecas bien dotadas e ignoro, también, si diputados, secretarios y demás eficientes funcionarios utilizan esas estancias con asiduidad.

Yo propondría que se rebajasen sus horarios políticos o funcionariales y dedicasen un tiempo diario a la lectura. Podrían empezar por los clásicos, que siempre tienen algo nuevo que decirnos. Y también podrían tener su tiempo para ensayos e informes de todo tipo que contribuyesen al docto desempeño de su profesión. Los libros nos ayudan a ser más educados. Y sobre todas las cosas, se empeñan en que respetemos al oponente o adversario más de lo que los respetamos.

Hay libros que alegran. Otros producen una cierta melancolía. Hay libros de tarde y otros de noche, de Sherezade, Ulises o mil proezas. Novelas, poemas, obras de teatro que siempre nos hacen mejores (¿No ha leído usted Luces de bohemia?). Hay libros en los que entras y nunca más puedes salir. Libros de entretiempo y de lágrimas con sus risas. Libros de gozos y sombras. Y hay libros tan de todas partes, que dejan en nimiedad todos los propósitos ideológicos de cualquier nacionalismo.

Se celebran óptimas campañas de lectura y otras que llevan fracasando décadas. Quizá el buen profesor, con su ejemplo, haga más lectores que todas las campañas unidas. A los libros se les da poca importancia. Hasta se ha tenido el intento de sustituirlos por enseres electrónicos que han fracasado tanto como las fútiles campañas de lectura. Este lunes de julio abogo por los libros. Los defiendo una vez más y me siento un poco náufrago en medio de tanto ruido. Tantas caras rugosas y palabras malsonantes. Tanta lejanía.

Los políticos debían apostar por los libros y hablar más de ellos y menos de política. Ya casi todo en política me parece una opereta lastimosa. Mejoraremos, sin duda.