Es imposible recordar qué día llegó el papa a España. Quizá, como en el cuento de Monterroso, siempre estuvo aquí. Ocupando páginas y minutos y disolviendo los rasgos de ateísmo, anticlericalismo y agnosticismo de una sociedad aconfesional. Desde el papado de Francisco, algo ha pasado con la bolsa escéptica española que cotiza a la baja. La beligerancia expresa de otros tiempos, sustentada en los extremos ideológicos de Juan Pablo II, ha dado paso a la euforia, de manera que ya casi no se distingue a los que se confiesan católicos aunque no practiquen de quienes no lo son pero ejercen. Es más, la principal oposición al papa procede hoy de la extrema derecha, aunque sus tropas políticas y mediáticas admiren la sociedad nacionalcatólica aquella tan fenomenal. Este flirteo progresista con Prevost sucede estos días de masas e iglesias, aunque en esencia los rasgos identitarios de la doctrina católica sigan siendo los mismos que nos explican a los desafectos. Entre los evidentes, la subordinación flagrante de la mujer, que en una organización civil sería delito; la discriminación de los homosexuales o la condena drástica de derechos básicos tan peleados como el aborto. Habría muchos más, pero resulta sorprendente que quien encarna ese tipo de dogma sea celebrado por quienes han convertido la conquista de esos derechos en su principal patrimonio político. Y con razón. Larga, intensa, agotadora y apabullante, la visita del papa y su respuesta son un signo transparente de los tiempos. La foto más reveladora, la de Prevost y Bad Bunny, competidores estos días en los afectos españoles; y la frase de la semana, la de Vatican News, «el león y el conejo al fin se encontraron», tan polisémica. Qué sociedad esta de multitudes que buscan un mesías que los consuele frente al ex amigo americano. Menos mal que ahora empieza el Mundial.