El placer de leer

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Un hombre lee un libro en la playa.
Un hombre lee un libro en la playa. PACO RODRÍGUEZ

Mi recordado amigo Carlos Casares publicó a lo largo de los años un artículo diario en este periódico. La columna tenía por título A ledicia de ler, y hoy versiono su denominación para reivindicar lo que considero uno de los placeres esenciales: la lectura.

Aprendí a leer cuando aprendí a soñar, y toda mi vida ha estado guiada por las lecturas que construyeron mi oficio de hombre y que sostienen mi curiosidad afianzando las respuestas que contestan a todas las preguntas posibles. Todo está en los libros: los más bellos paisajes, la geografía de los viajes infinitos, los adioses y las bienvenidas, las mañanas de lluvia amable, el último resol antes del crepúsculo, los poemas del amor apasionado, incluso la muerte.

San Agustín se asombraba en su libro Confesiones de que su maestro San Ambrosio «cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía el mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas». Fue el primero del que hay noticia de que no movía los labios al leer, y dicen las crónicas que a un papa de Roma lo canonizaron por esa razón.

La palabra escrita tiene seis mil años, los que van desde las tablillas sumerias hasta las nuevas tecnologías que a partir de Gutenberg democratizaron el universo de los libros.

Alberto Manguel recoge en su Historia de la lectura multitud de historias y anécdotas que han discurrido entre las ediciones de textos. Cuenta que Stevenson no quería aprender a leer para no privarse del placer que le producían las lecturas de su niñera. Y Borges, cuando la ceguera era un velo en sus ojos, solicitaba que le leyeran en voz alta sus libros más queridos.

Son nuestra mejor compañía, y es estos tiempos, en los que la literatura se ha convertido en un entretenimiento, con multitud de textos livianos, pueriles y banales firmados por personajes televisivos e influencers ocasionales, cuando hay que volver a los libros que crecieron a nuestro lado y descifrar las causas que han motivado que libros de Valle, Camilo José Cela, Gonzalo Torrente o Fernández Flórez, por citar cuatro autores gallegos, estén descatalogados y sean difíciles de encontrar en las librerías.

Es un síntoma peligroso para la cultura española, forma parte de la miseria intelectual que nos anula como ciudadanos libres, críticos e independientes. Continúo enarbolando la bandera libresca, la del placer de una puesta de sol escrita en una página o el sabor de una copa de vino en una terraza mientras suena la música de la literatura contada en un libro.