«Burnout»: una crisis de sentido en el trabajo

Juan José López Jurado PROFESOR DE COMPORTAMIENTO ORGANIZACIONAL Y EXECUTIVE COACHING EN COMILLAS-ICADE

OPINIÓN

Una mujer sufriendo dolor de cabeza o migraña en el puesto de trabajo.
Una mujer sufriendo dolor de cabeza o migraña en el puesto de trabajo. istock

06 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El burnout se ha convertido en una de las palabras más repetidas del mundo laboral. Pero quizá el problema no sea que hablemos demasiado de ello, sino que lo estamos entendiendo mal.

Durante años hemos tratado el síndrome del trabajador quemado como si fuera, sobre todo, una cuestión individual: aprender a gestionar el estrés, organizarse mejor, ser más resiliente. Sin embargo, cada vez más voces —desde la psicología organizacional hasta la filosofía contemporánea— apuntan en una dirección más incómoda: tal vez lo que arde es el modo en que hemos organizado el trabajo y la vida.

A mis alumnos les repito una idea de forma insistente: vais a trabajar con, por y para personas. Puede parecer evidente, pero no lo es. Porque cuando esta idea se pierde, el trabajo deja de ser una actividad humana para convertirse en una lógica puramente instrumental. Y ahí empieza el problema.

El desgaste profesional no se explica solo por la carga laboral, sino por la distancia creciente entre lo que se exige en las organizaciones y los valores de las personas. En muchas conversaciones aparece una misma idea: «Lo que me piden en el trabajo no encaja con lo que yo creo que está bien». Trabajar muchas horas cansa. Trabajar sin sentido desgasta. Pero trabajar en contra de lo que uno considera importante termina rompiendo.

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito este entorno como una sociedad del cansancio, donde la exigencia se interioriza y el individuo se empuja constantemente. Ya no hace falta que alguien nos presione: lo hacemos nosotros mismos. El resultado es una forma de auto explotación que se vive como libertad. Y eso se traduce en relatos muy concretos: directivos que saben que están exigiendo más de lo razonable y profesionales que sienten que han dejado de reconocerse en su propio trabajo.

Porque el burnout no se resuelve únicamente reduciendo la carga o enseñando a gestionar el estrés. Se aborda revisando preguntas más incómodas: ¿qué tipo de organización somos? ¿Qué estamos pidiendo realmente a las personas? ¿Y a cambio de qué?

Tal vez, en el fondo, el burnout no sea solo un problema de exceso de trabajo, sino de falta de sentido y de coherencia. Y si esto es así, la solución no pasa únicamente por enseñar a las personas a resistir más, sino por revisar cómo estamos diseñando el trabajo, qué estamos pidiendo y bajo qué condiciones. Porque cuando el trabajo exige a las personas vivir en contradicción con lo que consideran importante, el desgaste no es una excepción, es la consecuencia lógica.

En este contexto, quizá ha llegado el momento de ampliar una de las grandes obsesiones del mundo empresarial. No basta con invertir en I+D+i. Cada vez es más necesario incorporar una dimensión que suele quedar fuera de los indicadores: una auténtica I+D+i emocional.