La era de la mentira

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

MIGUEL VILLAR

21 abr 2026 . Actualizado a las 13:27 h.

Recordaba, en el 2010, el loco de la colina, Jesús Quintero, que no tenía nada de loco, que José Saramago decía que estábamos en la era de la mentira. Se lo recordaba a otro grande, al uruguayo Eduardo Galeano, un Quijote de los perdedores, un decantador de poesía. Galeano apostillaba al Nobel portugués sobre el poder de los mentirosos y su efecto de contagio: «Tiene razón Saramago. Estoy harto de escuchar siempre las mismas mentiras. Se miente mucho. Mentimos hasta cuando no sabemos que mentimos. La mentira tiene unas hondas raíces. Tenemos que llegar a las verdades escondidas. Nos mienten tanto que ya nos cuesta creer que exista algo diferente a la mentira». Brutal reflexión. Los dos ya no están con nosotros físicamente. Pero nos siguen abrazando desde sus libros, que son ventanas de libertad. Los dos pensarían que resulta increíble que se quedasen cortos sobre la era de la mentira. No solo se han consolidado los años falsos, sino que vivimos en la era de la mentira al cubo de las pantallas. Vale todo. El trumpismo se ha llevado un par de buenos palos. Pero ojo, todavía nos dará sustos inmensos. Trump nos confunde cada vez que habla. Está claro que ha perdido la guerra de Irán. Orbán ha desaparecido de Hungría y de Europa, hasta con el apoyo de Vance o por el apoyo de Vance. También, en Galicia. Al fin, la justicia mira al alcalde de la tercera ciudad gallega, Jácome, que jugaba, como todos los trumpistas, a desnudar a los demás políticos, cuando el que ahora camina sin tapar la vergüenza es él. El problema de las mentiras es que envenenan. Una mentira repetida se convierte en verdad y nos golpea a todos. Hasta se ha visto en la pelea entre Trump y el papa. Su Santidad le contestó: «El mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos». En esta ocasión, el pontífice sí ha estado a la altura y se ha puesto las sandalias del pescador, al situarse del lado de los débiles, de los que sufren, de los que pagan los desmanes de los poderosos sin rumbo. Esos que solo hacen el camino que lleva a sus bolsillos. Hablan de liberar pueblos, de liberar ciudades, y solo se liberan a sí mismos, mientras nos enferman al resto. La mentira es hoy la falsa verdad inmensa que se propaga como un incendio de nuestros móviles a nuestras neuronas. No nos podemos dejar atacar más por los políticos que confunden el bien común con su propio y único bien. El periodismo crítico, que da la cara, que tiene una marca que lo respalda, es más necesario que nunca. Los periódicos no somos, como se han atrevido a decir en las barras bravas de las redes sociales los fans del alcalde de la tercera ciudad de Galicia, Jácome, «furcias mediáticas». Él, que venía a limpiar, abona que insulten sin más pruebas que la osadía. Da la cara donde no se le puede preguntar, replicar. Volvemos a José Saramago, a Eduardo Galeano. Ambos pondrían el grito en el cielo al saber que Ourense, la Atenas de Galicia, es hoy un lugar en el que quien está al mando no tiene la dignidad de dimitir, ese verbo ruso que cuesta tanto pronunciar en español, en galego, en ourensano.