El cáncer de mi padre, el fin de la residencia, cumplir las rotaciones, estar entero porque me gusta una chica, vivir solo en un piso de tres personas, que la comida sepa a ceniza, quedarme sin piso en quince días y que mi opción (por cumplir mi palabra) sea una habitación para un mes cuando en realidad yo necesito dos, saber que aunque me dejen la habitación dos meses tengo que hacer otra mudanza después, querer ver a mis amigos en busca de paz mental y encontrarme con que están igual que yo, querer seguir aprendiendo a tocar el piano pero no saber qué hacer ni por dónde avanzar, darme cuenta de que mis padres son cada vez mayores, la recién nacida de la uci y sus padres que son tan amables a pesar de que su hija está muy enferma, no poder dar un abrazo a la gente que quiero y que está lejos, enamorarme después de tanto tiempo pensando que estaba muerto por dentro y ahora tener miedo de no ser correspondido, el miedo a que la vida me separe de ella aunque sea correspondido, vivir en una habitación en la que apenas tengo espacio para dejar mi mochila, que en el trabajo me traten como si fuera tonto, mi jefa, la fiesta a la que dije que iba a ir y que ahora no me apetece (hay que cumplir con la palabra), tener que decirle a mi amiga que no puede venir a verme porque operan a mi padre y quiero estar con él, leer un libro y darme cuenta de que lo que escribí hace dos semanas lleva escrito más de cincuenta años por Cortázar, Borges o Allende, no saber si voy a tener trabajo en dos meses, y, lo peor de todo, lo que me pica ahora mismo la nariz por las lágrimas que no han cesado desde que escribí la primera palabra de esta carta. J. L. Z. (Gran Canaria)