El pasado viernes 6 de marzo pudimos contemplar, a través de los medios de comunicación, una imagen muy extraña. El presidente de Estados Unidos se halla sentado en su despacho, rodeado de pastores evangélicos y predicadores; mientras Donald Trump permanece con los ojos entornados —no sabemos si para meditar mejor o dormir—, los religiosos posan sus manos sobre él, imaginamos que para enfatizar los ruegos y transmitirle un suplemento de energía. La oración que pronuncian es digna del más exhaustivo análisis morfológico, sintáctico y semántico.
Piden «sabiduría del cielo para inundar su corazón» —el del presidente—; «para que se le conceda la fuerza que necesita»; nombran a «las tropas»; reclaman «libertad y justicia para todos», para la «gran nación», la suya. Esto se entenderá mejor en su carácter burlesco si decimos que el país al que pertenece el grupo ha declarado una guerra: son los agresores.
En zonas alejadas de su mundo caen las bombas que ellos envían; a los niños les sorprende la muerte mientras están en la escuela, y ciudadanos de Irán, el país agredido, describen la situación como «el infierno en la Tierra». En la vida humana, la realidad puede llegar a convertirse en el más depurado absurdo, la imagen referida es su expresión.
Estos señores le piden a Dios que los círculos sean cuadrados, los cuadrados rectángulos y que la geometría desaparezca de la faz de la tierra. Parece que estamos presenciando un delirio colectivo. Se ha utilizado algo serio como la religiosidad para convertirla en ridícula. La ley moral natural nos advierte del deber moral de respetar la vida. No se puede matar, para saber esto no se necesita ser un líder religioso; para Dios, todo esto no puede ser más que una ofensa, y algo irreverente para los que creen que es un Padre que ama a todos sus hijos.
Se alude a lo sagrado, mientras la escena incumple el mandamiento de «no tomar el nombre de Dios en vano». Dios no diferencia entre ricos y pobres, pero, si hay que elegir, prefiere a los pobres porque se hallan más cerca de Él. No distingue entre grandes y pequeñas naciones, todos formamos parte del conjunto de seres que nacemos libres e iguales. Solo la «banalidad del mal» —expresión de Hannah Arendt— nos hace sufrir y nos arrebata la esperanza. Si el país al que pertenecen estos señores trabajase por la igualdad y el reparto equitativo de las riquezas de la Tierra, no sería preciso ofender a Dios pidiéndole la sabiduría que permita organizar el crimen perfecto.
Ojalá nos queden fuerzas para no perder la fe ante la difícil situación histórica que nos toca vivir. Que muchas personas recen alzando su voz contra tales delirios e injusticias, o que no recen, pero que recuperen la cordura. La religión representa un grado superior de profundidad y perfección, no una farsa.
La imagen es grotesca, obscena, un germen de ateísmo.