En el bar y en la plaza de abastos, en la multitienda y en el súper triunfa la atención exquisita
15 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Desde mediados de los 90, el paseo marítimo es la ruta del colesterol de Vilagarcía. Lo del colesterol es reduccionista porque ese paseo también sirve para abstraerse, relajarse, pensar, emocionarse, inspirarse… Si de paso rebajas el colesterol malo, pues estupendo. Y al llegar al final del paseo, un café, un refrigerio, una infusión con puesta de sol…
La otra tarde, haciendo esa ruta del sosiego y la calma, al llegar a Carril, entré en un bar que no había pisado nunca. Se llama La Riviere Laterío y nada en él desentona: el color azul y blanco evocando mar, las cristaleras preciosas obsequiando paisaje, los taburetes, el suelo, los veladores, la camarera… ¿Cómo es posible tanta amabilidad? Me senté en la única mesa llena de tazas de café y platos recientemente usados. ¡Mira que había mesas libres!, pues escogí la que más le complicaba la vida a la camarera, que, dejándome atónito, me sonrió, me pidió perdón por tener que retirar tanto servicio y el resto fue rapidez, exquisitez, sonrisas, gracias si terciaba y disculpas si procedían.
Aquella muchacha era el paradigma de la amabilidad vilagarciana. Para acabar de completar el ejemplo de perfección, ni me llamaba chico, ni se permitía colegueo. Era todo profesionalidad y encanto y les aseguro que eso no es lo normal. Al menos en otras ciudades por donde me muevo y donde a los camareros solo les falta recibirme con un: «¿Qué pasa tío?». No llegan a eso, pero sí me sueltan lo de: «¿Qué tal, chico?» sin conocerme de nada y al despedirme, un: «¡Venga chaval!» o un: «Hasta siempre, cariño».
En fin, prefiero la familiaridad excesiva al gesto desabrido, pero el punto exacto lo encontré en La Riviere de Carril. ¡Y si solo fuera en La Riviere! En A Baldosa y en A Mariña, en el paseo marítimo y en Ravella, junto a Fexdega y en O Piñeiriño, la hostelería vilagarciana es un caso sorprendente de profesionalidad y equilibrio. Ya sé que es complicado encontrar camareros solventes. Han debido de venirse todos a Vilagarcía.
Seguro que hay excepciones y serán esas las que se reseñen porque lo que mola es presentar un mundo horrible en las redes, pero la amabilidad vilagarciana me tiene asombrado. Para valorarla, quizás haya que ser maltratado por algunos profesionales en otras ciudades y después, comparar y deducir que habitamos una ciudad encantada aislada de la chabacanería.
Si es que hasta en la cafetería de la estación de tren, que suelen ser lugares desabridos con clientes de paso y empleados sin estímulo, la camarera te recibe sonriente con un: «Hola, guapo, ¿qué quieres tomar?» en cuanto te acodas en la barra. Y no es un piropo impostado ni vacilón, sino una expresión que le sale del alma y regala a toda la clientela.
La amabilidad vilagarciana no se circunscribe a los bares, sino que se extiende a las tiendas y los supermercados. Hace unas semanas, en el Híper Froiz, cuando la cajera se percató de que me faltaba un brazo, introdujo toda mi compra en una bolsa y se disculpó por no percatarse a tiempo y no haber salido de su cubículo para coger los productos del carro y colocarlos en la cinta de la caja… Estoy sin brazo desde que tenía 20 días de vida, pero nunca había visto nada igual. Y así todo: en la tienda de bizcochos y en la panadería, en la plaza de abastos y en la ferretería, en la multitienda, el súper y el híper…
¿De dónde viene esa amabilidad vilagarciana? ¿Será por aquello de ser medio británicos? La amabilidad inglesa se caracteriza por un trato cortés, reservado y servicial, reflejado en el uso frecuente de fórmulas de cortesía, mucho please y mucho sorry, pero también en el excesivo respeto al espacio personal. Aquí no somos tan remilgados y nos gusta tocar al otro en cuanto tenemos una pizca de confianza.
A los vilagarcianos los apodan ingleses por la fama de estirados. Vale, puede ser que a primera vista se note un distanciamiento, pero recuerdo que mis compañeros de instituto me explicaron que aquí tardas en entrar, pero cuando entras es para toda la vida. Además, si acabas de llegar y preguntas por una calle o una tienda, ten por seguro que alguien dejará lo que está haciendo y te acompañará hasta un punto estratégico para guiarte desde allí. Esta costumbre, por lo visto, también es muy british: los ingleses suelen ser muy serviciales, indican las direcciones encantados y responden a las dudas con amabilidad, especialmente si se trata de turistas.
Pero no todo es tan perfecto ni tan británico. Lo de la puntualidad, otra faceta de la amabilidad, no es lo nuestro y no solemos quedar a las seis o’clock, sino a eso de las seis, que puede ser doce minutos después… O no. Somos ingleses cuando hacemos colas con civismo, cuando practicamos con mucha clase la ironía y el sarcasmo, cuando controlamos las emociones ante desconocidos y cuando llevamos un presente al amigo que nos invita a cenar. La otra noche celebré en casa una merienda extremeña para despedirme y he vuelto a Cáceres con unos moscovitas, unos chorizos celtas, dos botellas de albariño, tres prendas de ropa para mi nieta, una bica y un queso de tetilla. ¡Viva la amabilidad vilagarciana!