«Los pueblos se vacían cuando quienes apostaron por ellos dejan de encontrar un lugar donde quedarse»
OPINIÓN
Sanidad y vivienda
Hace cuatro años crucé España desde Fuengirola hasta Viveiro para aceptar un puesto de becario en la Mariña lucense. Venía con ilusión, con un grado de oceanografía y un máster en acuicultura, y con la idea de quedarme. Me adapté al clima, hice vida aquí, consumí en el comercio local, trabajé, pagué mis impuestos, y de verdad pensé que este era mi sitio.
Pero hay una cosa que desgasta un pueblo sin hacer ruido, y es que lo básico empiece a fallar, poco a poco, hasta volverse normal. Aquí, hoy, lo básico es conseguir una cita médica, y no hablo de nada raro: hablo de médico de cabecera, analíticas, seguimiento, algo tan simple como entrar en el sistema.
En diciembre cambiaron a mi doctora y en el centro de salud me dicen que de diez médicos solo hay cinco, y eso se nota en cada visita, en cada «vuelve otro día», en cada cita que te dan con la advertencia de que probablemente se cancelará.
El pasado martes fui a pedir una cita para unas analíticas que me corresponden y me dijeron que no hay médico, que no hay hueco, ni siquiera para marzo, y que la cita que me daban seguramente se cancelaría.
Quiero decirlo con claridad: los médicos no son el problema, ni las administrativas, a mí me han tratado bien; el problema es estructural, es de falta de personal, es un sistema que no llega.
Llevo de baja desde febrero del 2025. El 14 de agosto del año pasado empecé con un dolor, fui más de cuatro veces al Hospital de Burela, me dijeron que era muscular y no me hicieron una prueba pertinente.
Tuve que pedir dinero a mis padres para ir a un privado, y en la primera prueba apareció un quiste óseo de 14 centímetros en el sacro. Me operaron en la pública y sigo con secuelas, esperando seguimiento, con más de seis reclamaciones.
Y aquí está la paradoja: yo quiero volver a trabajar desde el primer día, lo único que pido es una cita para que un profesional valore si lo que siento es normal, y poder tramitar el alta con tranquilidad, incluso aunque fuera voluntaria. ¿Cómo es posible que el Estado y las empresas sostengan la carga económica de una baja prolongada no porque el trabajador no quiera volver, sino porque no le atienden para poder cerrar el proceso y reincorporarse?
Por otra parte, el pueblo se va vaciando, encontrar alquiler estable es cada vez más difícil; no porque no haya pisos, sino porque muchos se reservan solo para verano o para el Resurrection Fest, quedando cerrados el resto del año.
Se entiende la rentabilidad, pero el efecto es claro: persianas bajadas, gente viviendo de paso. Y cuando a eso le sumas que ni siquiera puedes acceder a un médico, el resultado es que la gente acaba marchándose.
Ojalá esta reflexión sirva para abrir un debate sereno, porque los pueblos no se vacían de golpe, se vacían poco a poco, cuando quienes apostaron por ellos dejan de encontrar un lugar donde quedarse. Alberto Pastor Moya. Viveiro.
Incapacidad de entendimiento
El ser humano, en su condición de ser sensible e inteligente, necesita vincularse con su entorno de todas las formas posibles. Sin embargo, resulta lamentable que de esos contactos y comunicaciones broten con más frecuencia aristas y espinas.
Esta incapacidad de entendimiento escala hasta extremos que generan las tensiones, horrores y guerras que presenciamos a diario. La solución, lo sabemos, no es sencilla. Pero, ¿no seremos capaces de hallar métodos, procedimientos o terapéuticas que nos permitan extirpar los extremismos y esos «altercados mentales» que conducen inevitablemente al terrorismo y la sangre?
Deberíamos ser capaces de actuar de forma similar a como la ciencia elimina, química o genéticamente, las malas hierbas y los parásitos dañinos: sin extorsiones ni sufrimientos, respetando la diversidad de gustos, colores y banderas. Es imperativo que encontremos esos senderos que nos conduzcan, de una vez, a la paz. José Balseiro Casal.
Galicia, cada vez más lejos
El AVE a Galicia no es tal. Debería cambiar de nombre, al menos mientras no lo merezca. En realidad se trata de un tren que realiza varias paradas, con diferente duración dependiendo de la circunstancia, a veces desconocida para los viajeros. Así que puede llevar un retraso desde 40 minutos, con suerte, hasta varias horas. La última novedad es que pusieron revisor. De pronto aparece preguntando amablemente a los sorprendidos viajeros si teníamos frío. Todo un lujo, esto de que se preocupen por nuestro bienestar. Afuera se veía la nieve o los campos anegados, dependiendo del lugar por donde pasara el tren. Por supuesto, la estación de Chamartín va por el cuarto año en obras. Y sin prisas. Así que algunos operarios van indicando a la gente cómo salir de la estación a la calle. De igual modo que si se tratara de un laberinto, entre baldosas hundidas, hierros, lonas y escaleras. Y estamos en el primer mundo. Como el tiempo de viaje en tren se alarga, Galicia está cada vez más lejos de Madrid. M. J. Vilasuso. As Pontes.