Escucho un debate en la radio apasionante. Es un clásico. Hay expertos que dicen frases de esas que se ponen en las tazas, pero que a veces ayudan mucho. Educar es dejar ir. Un niño sobreprotegido es un adulto incapaz. Un niño hiperprotegido da a luz a un adolescente hiperprotegido y este a un adulto fallido. Los que saben pueden seguir así hasta el infinito y más allá. Padres de cristal con miedo a que a sus hijos les pueda pasar de todo traen consigo hijos de cristal. Pero es que cuentan más. Son escenas que vemos todos los días y que dan lugar a categorías.
Uno habla de los padres quitanieves. Son los que preparan el camino de sus hijos de tal manera que no es que intenten despejar la vía; es que pretenden señalizar y balizar cada paso que van a dar, aunque estén en la distancia. No es que haya padres que acompañen a sus hijos cuando no son requeridos a revisar la nota de un examen en el colegio. Es que los hay que van con su hijo cuando están en los institutos y hasta cuando ya son universitarios. Nunca lo había visto. Mi padre solo fue una vez al colegio por mí. Lo creyó necesario. Un profesor me había abierto la cabeza contra el encerado por portarme mal. No debí portarme mal, pero a mi padre no le pareció lo de abrirme la cabeza una recompensa justa. Otra vez, fue el colegio el que vino a mi casa. En ese caso, era tan grave que eran los profesores los que tenían toda la razón.
Hoy estamos encima de los chavales a todas horas. Ya saben. Al primer hijo le medimos con un termómetro la temperatura del agua cuando lo bañamos. Al segundo, lo tiramos a la bañera sin comprobar si había agua. Al tercero, le decimos que se bañe él. Pero la mayoría son los otros. Esos que, como decía, dan lugar a categorías. Está el padre mánager. En singular, suele ser él, no ella. Es el padre que sabe más que el entrenador de fútbol, normal en este país en el que todos somos seleccionadores de España. El padre mánager sabe también más que el profesor de música, aunque cuando canta en la ducha en su casa cierran todas las puertas. Sabe más que el director del colegio. Sabe más que la de inglés. Después está la madre bocadillo. Las madres siguen siendo mayoría en los parques. Y esta madre bocadillo irrumpe en esos parques acolchados que hay hoy —nada que ver con los de tierra y charcos de antes— con un pedazo de bocadillo en la mano, detrás de su criatura. Su criatura se está tirando por el tobogán con sus amigos, algo necesario. Socializar, hacer grupo, llevarse palos con los amigos y de los amigos, pero ahí llega ella con la frase: «Come el bocadillo, mi vida».
Tu vida no es tuya. Los hijos son del mundo. Tardamos en aprenderlo. Está la madre gacela. Ahora es una playa perfecta. El niño se cae en la arena, una arena perfecta sin restos de botellón. La criatura se va a levantar sin problema, después del morrazo. Y entonces ve la cara desencajada de su madre, la conocida como madre gacela. La madre gacela salió a la carrera tan pronto vio la caída para salvar al niño de la arena… El chaval se asusta más por esa reacción desproporcionada que por el palo que se llevó. Vamos mal por estos caminos. Y olvidamos que los niños son muy listos y enseguida responden a tanta sobreprotección convirtiéndose ellos en la categoría de niño extorsionador.