UE: ¿convidada de piedra en Ucrania?

José Julio Fernández / Anxo Varela AL HILO

OPINIÓN

MABEL R. G.

18 feb 2025 . Actualizado a las 09:11 h.

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el statu quo en lo que a los equilibrios geopolíticos se refiere se tambalea aún más de lo que lo venía haciendo hasta la actualidad, pues parece empeñado no solo en resolver la guerra de Ucrania cuanto antes, sino también en relegar a la Unión Europea a un plano secundario. Esto último ya se podía vislumbrar con la alusión realizada en sus primeros días como presidente —con cierta retranca, por cierto— a España como un país de los BRICS; y en las amenazas directas respecto a la subida de aranceles, sin discriminar a aliados de aquellos que no lo son.

Sin embargo, no estamos ante un escenario novedoso ni ante una cuestión que dependa únicamente de quién ocupe el despacho oval, pues desde hace al menos una década observamos cómo Estados Unidos se está desvinculando de nuestra seguridad.

Sí que es cierto que los acontecimientos de estos últimos días —en donde destacamos la Conferencia de Seguridad de Múnich y las declaraciones realizadas en torno a la misma— hacen escalar la fractura entre Washington y Bruselas a un estadio superior. Pues parece que ni siquiera compartimos, en la actualidad, una misma forma de entender Occidente y la resolución de los conflictos, por mucho que aún permanezcamos unidos mediante la OTAN y, por ende, por los principios de respeto mutuo e igualdad.

Aunque es cierto que a ojos de la opinión pública lo relevante es pensar en la consecución de la paz para Ucrania, los europeos no podemos dejar a un lado la relevancia que nuestros países deben tener en el acuerdo que, potencialmente, se alcance. Con la convocatoria de Macron a los líderes de las potencias de la UE se demuestra lo que llevamos tiempo advirtiendo: actuamos con base en una lógica reactiva, y no preventiva y estratégica, y ello nos aboca a ser irrelevantes, ahora también de forma explícita para nuestro aliado prioritario al otro lado del océano.

Los europeos debemos tener una visión omnicomprensiva del conflicto, y reconocer algunos de los argumentos de Rusia. Sin embargo, la paz no puede buscarse a cualquier precio. Es inconcebible el papel protagonista y preponderante que Donald Trump le está otorgando a Putin en un momento en el que este último se encontraba debilitado, no solo por las bajas en la batalla, sino también por la fragilidad de sus socios, como Irán, o la pérdida del poder de Al Asad. Por otro lado, tomando como marco la Carta de las Naciones Unidas, no cabe una solución del conflicto sin la anuencia explícita de todos los estados soberanos implicados, porque ello perjudica la consecución de una paz justa y duradera. No es tolerable que Trump y Putin hablen, y a Zelenski se le informe, ya que corremos el riesgo de cometer los mismos errores que en Afganistán, con la diferencia de que en este caso los gobiernos europeos son observados como un mero estorbo.

Lo que está claro es que en esta lógica economicista del presidente Trump, que observa la realidad geopolítica como una partida de póker en donde un día se gana y otro se pierde, de momento el vencedor es Rusia, que ha dejado de estar en una posición debilitada en el marco internacional para convertirse no solo en uno de los actores protagonistas de la paz en Ucrania, como es lógico, sino también en el que guía este nuevo escenario.

Y, por cierto, mientras nos preocupamos por lo que sucede en el este de Europa seguimos descuidando lo que, de aquí a unos años, será una de las mayores preocupaciones para España: el flanco sur.