La revuelta es un programa explosivo, ingenioso, vivo, muy joven e innovador en las formas. Pero no ha inventado nada, en esencia, que no haya existido en la televisión a lo largo de décadas, que se resume en el vínculo estrecho que se genera entre el público y el presentador. Esos fenómenos televisivos que fueron Crónicas marcianas, de Sardá, Esta noche cruzamos el Mississippi, de Pepe Navarro, o Queremos saber, de Mercedes Milá. Y por supuesto, El hormiguero, de Pablo Motos, y tantos y tantos otros espacios que aportaron muchísima audiencia. Lo de Broncano en TVE ha sido una revuelta de frescura y de alcance, un subidón de alegría y desenfado, de improvisación y de buen rollo. Pero corre el riesgo —y se le nota— de que la fórmula tan original se consuma rápido si no afina bien en los personajes que sienta en su sofá. La gente hoy en día tiene miles de ofertas, se pone delante de la tele y se aburre enseguida si no la enganchan en el primer asalto. Si mientras espera al invitado, en esa media hora larga, no le ofrecen mucha adrenalina, los espectadores empiezan a cambiar de cadena y acaban viendo a Motos, o cualquier serie que tenga pendiente. Broncano lo sabe, claro, y ya le ha dicho a su público, con esos guiños que hace él, que va por debajo de Motos algunos días de la semana. Los primeros minutos de cualquier espacio son básicos para atrapar.