Las mujeres que pensamos somos peligrosas. Si, además recibimos educación y obtenemos una formación profesional, nos convertimos en enemigas públicas. Absolutamente descartado que podamos trabajar fuera de casa y acceder a puestos relevantes en las empresas privadas o en la Administración pública que puedan poner de manifiesto que somos tan capaces como los hombres en el mundo laboral. Y, si a esas aptitudes le añadimos un cuidado físico y estético, entonces somos bombas andantes. Un peligro para la buenas costumbres, una amenaza para la moral, un riesgo inaceptable para la sociedad.
El lugar de las mujeres es en el hogar, encerradas entre cuatro paredes, dedicadas en cuerpo y alma a nuestras «labores»: limpiar, cocinar, lavar la ropa, planchar, satisfacer sexualmente a nuestros maridos, tener tantos hijos como sea posible, permanecer calladas y ocultas ante la presencia de cualquier varón, no reírnos, no quejarnos, no pedir nada, obedecer sin rechistar, casarnos con quien nos digan, aguantar las palizas y soportar cualquier tipo de dolor o enfermedad sin que nadie nos socorra y cure porque es absolutamente inaceptable que alguien aparte del marido pueda tocarnos o vernos alguna parte del cuerpo descubierto. En definitiva, desaparecer de la sociedad y vivir en una cárcel desde que nacemos hasta que morimos. Esclavizadas desde la cuna.
Ese es el destino de las afganas a las que, desde la llegada de los talibanes al poder, han ido perdiendo todo tipo de derechos y libertades en aras a una interpretación torticera de su religión. El último golpe: la prohibición de ir a la peluquería o a centros de estética, no por el hecho de impedir que las mujeres puedan embellecerse y constituir una tentación insoportable para los hombres, sino para negarles la posibilidad de reunirse y hablar entre ellas en un lugar seguro y libre de cortapisas. La posibilidad de que puedan llegar a la conclusión de que no pueden seguir así, de que nadie les va a ayudar y que no les queda otra que iniciar una insurrección que acabe con la tiranía que las condena a morir en vida. Porque, desde luego, el resto del mundo sigue mirando vergonzosamente hacia otro lado.