No nos queda otra. A sumergirnos de nuevo bajo el agua. A meter la cabeza dentro de la piscina de agua caliente. Después de ver las imágenes de los cadáveres. Tras escuchar el brutal testimonio del presidente Zelenski sobre las violaciones de madres con sus hijos delante, sobre los asesinatos de civiles, sobre las torturas de civiles con los rostros desfigurados. Sobre los civiles tiroteados con las manos atadas a la espalda con una cinta de tela blanca. Sobre la matanza que los rusos dejaron tras la ocupación de las ciudades dormitorio de Kiev. Ahora, las ciudades dormitorio son ciudades cadáveres. Ciudades muertas. Ciudades fosas comunes. Ciudades violadas. La guerra es un crimen. Pero, hasta la guerra, tiene unas normas. Hay que respetar a los civiles, a los mayores, a las mujeres, a los niños, a los vecinos que iban en bicicleta. Las tropas rusas no lo han hecho. Dice el presidente Zelenski que hay pruebas de la matanza. Del crimen contra la humanidad. Del genocidio. Señala a soldados rusos de unos treinta años que vienen de un lugar fronterizo con China. Es lo único bueno de este festival absurdo. Los datos se pueden rastrear. Los móviles dejan pruebas de la crueldad. No pueden quedar impunes. No se puede violar a una mujer y arrancarle los pendientes de las orejas. No son soldados. Son asesinos. Violadores. Ladrones. Dice un proverbio ruso que la vida no es un paseo por el campo un día de verano. Que en la vida hay que ser fuertes. Pero las imágenes demuestran que la violencia puede ser gratuita hasta en una guerra. Violar y asesinar por diversión. Vemos las imágenes y, como decía al principio, venga a meter la cabeza debajo del agua. Venga a hacer nuestras abluciones. Nos escandalizamos de lejos y seguimos bajo el chorro caliente del agua de nuestra ducha de occidentales. Y nuestros gobernantes ponen el grito en el infierno ucraniano y anuncian más sanciones. Nuevas sanciones contra los violadores. Contra los asesinos. Contra quienes les mandaron invadir y matar. Más tarjetas amarillas. O tarjetas rojas, como si la sangre roja fuese un corte por una patada en un partido de fútbol. No nos atrevemos a más, metida bien nuestra cabeza, y las de nuestros dirigentes, debajo del agua caliente de la piscina de Occidente. Donde dejamos de oír los gritos de la mujer violada en un aula delante de su hijo. Cerramos los ojos ante la información de a lo que nos enfrentamos. Tarjeta amarilla de sanción. O tarjeta roja de sangre ajena.