Aprender de los errores del pasado

Cristina Porteiro
c. porteiro LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

STEPHANIE LECOCQPOOL

28 feb 2022 . Actualizado a las 11:05 h.

Hay dos cosas, en mi opinión, que caracterizan la respuesta de la Unión Europea (UE) a cualquier crisis: nunca satisface a nadie y siempre acaba con una hilera de pomposos comunicados. Contundentes bofetones diplomáticos que Vladimir Putin habrá coleccionado desde el 2014, por puro placer sádico. Fue ese año cuando, de un zarpazo, se anexionó Crimea. Calculó bien. Sus vecinos trataban de superar las desavenencias generadas por la crisis. Italia, Alemania, Francia o España se miraban el ombligo. Hubo sanciones, claro que sí, pero no fueron lo suficientemente duras para frenar el hambre voraz del «nuevo zar», quien lejos de amilanarse, se reafirmó en sus sospechas: si meto la otra pata en Ucrania, nadie se atreverá a intervenir. Solo necesitaba resquebrajar un poco más la unidad de un bloque de países ya de por sí poco cohesionados. Preparó el terreno de forma concienzuda: sostuvo y armó al régimen sirio de Bachar al Assad, desencadenando la peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial en dirección a Europa. Avivó con sus hackers el fuego de disputas latentes, como el brexit, el conflicto catalán o las presidenciales estadounidenses, que dieron la victoria a Donald Trump. Y mientras la UE trataba de apagar los incendios, Putin preparaba en la sombra el asalto definitivo, que llegó la semana pasada. Por fortuna, esta vez calculó mal. Quizá fue su soberbia la que le jugó una mala pasada, subestimando la reacción comunitaria, o quizá haya sido la propia UE la que ha aprendido de los errores del pasado. Se puede criticar la complacencia e ingenuidad que han tenido los países europeos con Rusia. Nunca pensaron que Putin se atrevería a invadir la exrepública soviética, pero lo cierto es que ha actuado de forma inteligente al imponer sanciones, apuntando directamente a la maquinaria financiera. A diferencia del 2014, la UE ha reaccionado unida, raro en ella, y con relativa rapidez, para lo complejo que es casar voluntades e intereses a 27. Y, lo más importante: ha demostrado que está decidida a mantener el pulso a Rusia al coste que sea, algo con lo que Putin no contaba. 

La verdadera prueba de fuego para nuestros líderes aguarda en casa. Cuando los mensajes de solidaridad y apoyo a Ucrania se vayan desvaneciendo y cuando los edificios dejen de proyectar su bandera en las fachadas, ¿estaremos dispuestos a pagar la factura que cuesta mantener en pie los compromisos? A la luz se le puede poner precio, ¿cuánto estaría dispuesto a pagar por seguir siendo libre?