Ayer tuve un mal día. Me desperté, como todos los 22 de diciembre de hace una infinidad de años, pensando —es un decir— que podía ser el día de la liberación. Tampoco pido mucho a mis meigas preferidas: un décimo del gordo, a la edad que tengo, me permitiría dejar este espacio libre para un cronista más joven y lustroso. Lo siento por ustedes, pero, sobre todo, lo siento por mí. Ya no hay quien me quite un año más de trabajo, porque en la Primitiva no consigo acertar un solo número. A veces tengo la tentación de pedir que se premie también a los que no acertamos un solo número, que debe ser tan difícil, quizá más, que acertarlos todos.
Las desventuras de ayer, que comparto con muchos lectores, también como todos los años, tuvieron un agravante: el gordo tocó en su mayor parte en la estación del AVE de Madrid, pero fue en Atocha, de donde salen todos los trenes de alta velocidad, menos los del Norte, entre los que está el flamante de Ourense. El gordo no solo suele huir de Galicia, sino de todo lo que huela a Galicia, incluido lo más novedoso.
Como la lotería escogió trenes con otro destino, me dediqué a mirar cómo estaba lo nuestro: hasta Ourense, una gozada. Para llegar a Lugo tardaré prácticamente lo mismo que con el Alvia, con los agravantes de precio y de transbordo en Ourense con la maleta a cuestas. Según leo, había pasajeros que hablaban de «coitus interruptus». Interruptus en Ourense. Para llegar a Vigo y Pontevedra, por ahí le anda la cosa. Solo Santiago y A Coruña se pueden considerar mejoradas. O sea, que ni gordo ni AVE completo. Y lo de Ferrol lo debe dejar Yolanda Díaz para cuando sea presidenta, que, según el CIS e Iván Redondo, está al caer.
Ahora tengo aquí mi décimo. No lo había tocado ni mirado desde que lo compré por aquello de no gafarlo, que nunca se sabe. Pero debía venir gafado de origen. Cuando lo miro, recuerdo las imágenes del día después de las primeras elecciones: aquellos operarios retirando de las farolas carteles de los candidatos. Ya no servían para nada. Tanto esfuerzo, tanto mitin, tanto dinero y tantas ilusiones gastadas y cientos o miles de carteles se iban al contenedor de la basura. Los décimos y participaciones no premiadas tienen el mismo inevitable destino.
El mío lo guardaré hasta hoy, hasta comprobar si está en la lista fotográfica de La Voz, siempre cabe la posibilidad de un error, siempre queda la esperanza de la pedrea. Después sentiré una pena extraña. No será la pena de las ilusiones truncadas, que eso fue cosa de ayer. La pena de hoy es que no hay cosa ni papel más inútil que un décimo de lotería no premiado. Puedes guardar el recibo del supermercado, el de la luz para ver si es más alto que el de 2018 para desmentir a Pedro Sánchez, un billete de avión como recuerdo… Un décimo sin premio es tan inútil que hasta supongo que tiene que arder mal. Lo voy a probar.