El papa, Corinna y el pecado original

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

JP YIM

08 dic 2021 . Actualizado a las 07:06 h.

Hoy, como es el día de la Purísima, llueve a mala leche y el músculo duerme, le digo adiós a la política, aunque solo sea por 24 horas. De las noticias de las últimas fechas, hay tres que me han interesado más que lo acontecido en el mundo del poder. Una, que el papa ha dicho que «los pecados de la carne no son los peores», frase que alivia mucho, incluso a los que andamos en edades escasamente pecadoras. La segunda, que van a suprimir el prospecto de los medicamentos. Lo agradecemos los miopes, los que abrimos las cajas de medicinas siempre por el lado en el que está el prospecto y los que, después de leerlo, no conseguimos doblar el papel como lo había hecho la empresa farmacéutica. Y la tercera, que en los lavabos del Parlamento británico hay huellas de que allí se había consumido fariña. Lo único que me intriga es el momento de ese consumo. Si ha sido ahora, lo entiendo: de alguna forma hay que digerir la política de Boris Johnson. Si ha sido en tiempos del brexit, lo que entiendo es en qué condiciones los británicos dieron ese paso.

Me quedo con lo del papa Francisco. ¡Qué pena que su santidad lo haya dicho como disculpando a los religiosos, concretamente al dimitido arzobispo de París por abusos sexuales! Qué pena, porque se empieza disculpando los «pequeños masajes y caricias» (expresión textual) a su secretaria y se termina justificando los masajes a menores. El perdón cristiano debe ser practicado con generosidad, como manda la santa madre Iglesia, pero se puede convertir en escándalo cuando se traspasa la barrera de la justificación.

Establecido ese matiz, Bergoglio dice una obviedad: un pecado carnal, quizá el más común de los pecados, es poquísima cosa ante el mandamiento de «no matarás». Mucho más pequeña cosa que otros pecados que no figuran en los mandamientos, pero hacen historia: el genocidio, la tortura, los abusos de poder, la explotación del débil o la violación de derechos humanos. Que lo reconozca el papa coincide con brillantes testimonios literarios, como el del don Juan de El zapatero y el rey de Tirso de Molina: «… un hombre soy / y como tal mis pecados / flaquezas humanas son”.