Nuestra prodigiosa Constitución

OPINIÓN

Isabel Infantes

06 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Testigo privilegiado del nacimiento de la Constitución de 1978, cuya gestación y resultado escudriñé desde mi observatorio de politólogo en activo, y con 28 años de edad, no tengo ninguna duda de que nuestra ley fundamental solo puede ser calificada de prodigiosa, porque es el único adjetivo que resalta no solo sus ventajas evidentes, sino los muchos avances, casi imperceptibles, de ella derivados. Y tanto he llegado a valorarla, ya de viejo, que no sé si admiro más sus certeros y concretos fundamentos o las imprecisas y abiertas soluciones que primero cerraron grandes consensos, y después le dieron la flexibilidad necesaria para ser, en un momento de profundos cambios, la más duradera carta magna de nuestra historia moderna y contemporánea. 

En sus aspectos prácticos, esta Constitución, que se redactó con la primigenia intención de favorecer una transición pacífica, pactada y segura, desde la dictadura a la democracia, soportó, además, con brillantez, los siguientes retos: una eficiente descentralización de España —rayana en el federalismo—, que fue mucho más allá de lo que era predecible cuando se redactó el título VIII. El ingreso en la Unión Europea, que, en 1978, aún parecía un desiderátum. La modernización social, que no solo avanzó hacia el divorcio, el Estado laico, el ejército profesional y controlado por el poder ejecutivo, sino que también abrigó con excelente salud los grandes avances en ciertas políticas sociales —reforma del matrimonio y la familia, el progreso del feminismo y la igualdad, y las políticas de integración, solidaridad y sostenibilidad ambiental— que, in diebus illis, apenas figuraban en las agendas políticas más democráticas del mundo.

Esta magna charta libertatum tampoco se inmutó cuando tuvo que sostener y ordenar los retos planteados por el terrorismo etarra, la presión independentista, el paso del bipartidismo imperfecto —estable y congruente— al multipartidismo —también imperfecto, vive Dios—, que modificó, por voluntad de los ciudadanos, nuestra forma de hacer y entender la política. Y, para no dejar nada atrás, también mantuvo la orientación constitucionalista y la independencia de los poderes del Estado cuando hubimos de fajarnos con las oleadas de corrupción, con las crisis económicas y con la obligada abdicación de aquel rey que empezó siendo un sol brillante y acabó convertido en un espejo roto en el que nadie quiere mirarse.