El acuerdo de Glasgow: ni pena ni gloria

antonio roade tato CONSULTOR MEDIOAMBIENTAL, MÁSTER EN ANÁLISIS DE SISTEMAS AMBIENTALES POR WAGENINGEN Y EN SOSTENIBILIDAD CORPORATIVA POR CAMBRIDGE

OPINIÓN

LAURENT GILLIERON

15 nov 2021 . Actualizado a las 09:27 h.

La 26 Conferencia de las Partes de Glasgow (COP26) consiguió ratificar un acuerdo entre las usuales quejas y reproches. Aunque el pacto no puede clasificarse de fracaso, dista mucho de ser lo histórico que algunos esperaban. La realidad económica y las necesidades de desarrollo se han enfrentado, una vez más, a las buenas palabras e intenciones. 

Sin embargo, es muy positivo que las promesas hechas por los países respeten el objetivo de París de mantenernos entre los 1,5 y 2 grados de aumento de las temperaturas para el 2100, ya que diversas estimaciones indican que nos encaminamos a 1,8 grados. Desgraciadamente, estos cálculos son realizados en base a compromisos a largo plazo adquiridos por Gobiernos que serán distintos a los que los tendrán que implementar. Y esta es la sempiterna e importante falla de todo este sistema: que el acuerdo no tiene mecanismos legales para exigir su cumplimiento.

Una novedad simbólicamente importante del pacto es la mención que se hace de los subsidios a los combustibles fósiles en la declaración final. Aunque la intención inicial era la de eliminarlos completamente, un grupo de naciones en desarrollo, encabezadas por la India, ha conseguido que se hable solo de «reducción». Si bien en Europa no hay excusa para apostar por ninguna energía fósil, en la India, eliminar la quema de madera y de otros combustibles de baja calidad por gas, ya sería un gran triunfo para la eficiencia energética y la salud de las personas: un millón de personas mueren al año en ese país debido a la contaminación del aire de los hogares. Pretender hacer la transición directa, económica y rápidamente de quemar madera a disponer de una batería de litio que almacene la energía generada por un molino eólico es poco realista.