Cuba y los comunistas de Sánchez

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Ernesto Mastrascusa | Efe

14 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando Cuba sufre un accidente, duele en nuestro cuerpo. Cuando Cuba padece, somos nosotros los que padecemos. Es que, al decir de Manolo Rivas en uno de sus libros, «Cuba es como Galicia, pero sin reuma». Allí están nuestros sentimientos y nuestros apellidos y nuestra historia y nuestra cultura, como si el Atlántico no fuese una frontera interminable. Como consecuencia, las relaciones entre nuestros dos países han sido relaciones más de familia que políticas. Nos hemos llevado bien con Fidel aunque repudiásemos su dictadura y él repudiase nuestra democracia. Es que había, y espero que siga habiendo, lazos de sangre.

Por eso resulta deprimente ver que cada vez que hay algún movimiento en la isla, España hace un tardío acto de presencia. Este domingo se produjeron unos acontecimientos sin precedentes; una protesta social y política de una dimensión que no recordábamos, y una reacción del Gobierno cubano que hace temer lo peor. ¿Y qué ha ocurrido? Que Joe Biden se adelantó a pedir que se escuche a ese pueblo en su clamor por la libertad, y que Josep Borrell, responsable de la política exterior de la Unión Europea, también se nos adelantó. Hasta que se pronunció de forma obligada la nueva portavoz del Gobierno, el ministerio de Exteriores se limitó a publicar una nota de trámite. Pobre reacción que no se justifica siquiera por la transición que se acababa de producir en el Gobierno español. Que Cuba no figura entre sus prioridades lo demuestra el discurso del nuevo ministro: lo pronunció el lunes, pero tenía puesta su atención en Estados Unidos y en Rabat.

Rectificado en parte este olvido, el Gobierno español se enfrenta a un desafío singular: confesar sus preferencias, con el comunismo castrista o con la democracia liberal que trata de nacer. Salvadas las distancias, es algo parecido a lo que le ocurre a Podemos con Venezuela. En el Gobierno español hay un secretario de Estado que es el secretario general del histórico PCE. Hay un ministro, el de Consumo, de la misma ideología. Y hay una vicepresidenta que ignoro si sigue siendo militante, no lo parece, pero el comunismo está en su formación y en su biografía política. Para ellos no puede ser un plato de gusto asistir a lo que puede ser la demolición de uno de los últimos santuarios, quizá el más emblemático del comunismo mundial.