Contra todos los indultos

Ernesto Sánchez Pombo
Ernesto S. Pombo EL REINO DE LA LLUVIA

OPINIÓN

M.FERNÁNDEZ. POOL

23 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

 A ver si hay suerte y lo entienden quienes tienen que entenderlo. Indultar no es «una solución inaceptable», como dice el Supremo, ni un ejercicio de «concordia» y «entendimiento», como asegura el presidente Sánchez; ni una medida inconstitucional, como asevera Pablo Casado. Tampoco es un perdón al uso. Indultar es rectificar. Enmendar arbitrariamente una decisión que no gusta. Aceptar que existe un error y subsanarlo con otro. Es corregir un dictamen anterior que se entiende equivocado y discrepar de una decisión tomada. Es, en definitiva, el reconocimiento de un fallo garrafal que trata de subsanarse.

Por eso no me gustan los indultos. Ninguno. Ni los concedidos a militares golpistas, juez prevaricador, terroristas, banqueros o promotores de los GAL, ni los de los independentistas catalanes condenados por el procés. La gracia es una medida más propia de aquellos negruzcos años en los que un general bajito repartía indulgencia al tiempo que saboreaba el café.

Los indultos surgen a la vez que los delitos como un atributo de la divinidad para equilibrar las decisiones judiciales, porque en las sociedades antiguas la Justicia suponía venganza. Ya eran mencionados en la antigua Babilonia, hace 4.000 años. Y por eso se nos antojan más propios de Ramsés II, que los aplicó a los prisioneros políticos, o de caballeros feudales y monarcas autárquicos. Porque suponen una concesión del poderoso señor que perdona el comportamiento del infeliz súbdito porque erró en la pena impuesta. Y marca la diferencia entre los condenados que logran el beneplácito, por los motivos que sean, y los que no lo obtienen. No son más que una reparación a una decisión mal tomada y un remedio en forma de perdón. Del fuerte al débil.