La aparente soledad del rey

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Juanjo Martín

17 jun 2021 . Actualizado a las 09:02 h.

Una de las imágenes que marca la diferencia entre Barcelona y Madrid es el tratamiento al rey Felipe VI. En Madrid, una mañana su majestad, acompañado por el presidente de la República de Portugal, dio un paseo por la Plaza de Oriente y la gente le aplaudía o se hacía selfis con él. Ambos jefes de Estado almorzaron en una terraza al aire libre y no hay noticias de ningún altercado ni nada que se pareciese a un rechazo. En Barcelona ayer estaba anunciada su presencia y Esquerra, que gobierna la comunidad autónoma, le mandó el recado de que no es bienvenido. La Asociación Nacional Catalana invitó a sus simpatizantes a quemar su foto en la calle. Por la noche, el presidente y el vicepresidente de la Generalitat renunciaron a asistir a la cena organizada por el Círculo de Economía como gesto de repudio.

No es la primera vez que ocurre. Rectifico: desde el discurso de Estado del 3 de octubre de 2017, ninguna autoridad autonómica de Cataluña, además de la alcaldesa Colau, quiso saludar al monarca, cualquiera que fuese el acto al que asistía. El ejemplo más patético fue, sin duda, la visita a Martorell, donde se iban a anunciar importantísimas inversiones, y esas autoridades prefirieron la elocuencia de la distancia a participar en algo que suponía un gran beneficio para su país. Y el rey viaja tanto allí y son tantos los desplantes que ya ni siquiera son noticia; son una costumbre. Sin embargo, hay mucha sociedad civil que lo sigue invitando y considera un orgullo ser anfitrión del titular de la Corona. No toda Cataluña, ni mucho menos, es tan maleducada.

La singularidad de los rechazos de ayer está en el momento en que se produjeron: cuando el presidente del Gobierno español habla de nueva etapa de concordia, prepara una mesa de diálogo, está a punto de decretar el indulto de los presos que el rey deberá firmar para su publicación en el BOE, y se dispone a recibir en La Moncloa al titular de la Generalitat con todo tipo de atenciones. Quiero suponer que la civilizada y pactista sociedad catalana sabrá valorar la diferencia de gestos. Puede ser españolista o independentista, pero sabrá distinguir la cortesía del desdén. Puede aspirar a tener una república, pero debiera inquietarle el estilo excluyente, a veces rayano en la violencia, con que algunos de sus líderes perfilan su hoja de ruta.