Es difícil entender que los finisterranos, después de conseguir que la expresión «a la gallega» sea marchamo de calidad, limitemos su uso a la gastronomía -merluza, pulpo y empanada-, en vez de extenderlo, como hicieron los alemanes, a todo lo que exportamos. Así que, usando mi condición de politólogo, voy a establecer en qué consiste gobernar a la gallega.
Gobernar a la gallega es resolver algunos problemas y no crear ninguno. Reivindicar lo que nos pertenece, sin sustituir los argumentos por el victimismo. Reconocer problemas y necesidades específicas sin que, solo por eso, nos creamos mejores. Cooperar en todo, sin que nos asuste quedarnos solos. Priorizar el bienestar, la solidaridad, la sostenibilidad y la seguridad, sin interpretar como plagas de Egipto los fallos del sistema. Hacerse ver sin provocar ruido. Avanzar con prudencia sin llegar tarde. Y cerrar balances envidiables sin mirar a nadie por encima del hombro. ¿Y cómo se manifiesta este estilo?
Se gobierna a la gallega cuando los mapas que resumen la pandemia nos asignan siempre colores relajados; cuando todos los indicadores de salud nos son aceptables; cuando ninguna ola nos llevó a perderle la cara al virus; y cuando el uso y ocupación de la estructura hospitalaria y de los recursos sanitarios dejan sin argumentos a los que celebraron anticipadamente el funeral de la sanidad pública. Se gobierna a la gallega cuando los datos económicos -contrapunto del rigor profiláctico- nos sitúan por encima de la media. Cuando las finanzas públicas nos dejan márgenes de maniobra. Cuando las perspectivas de resiliencia y recuperación son alentadoras. Cuando contamos con planes realistas para la inversión de los fondos Next Generation. Y cuando se mantiene un alto nivel de cobertura y calidad en la prestación de los servicios públicos esenciales.
Y se gobierna, claro, a la gallega cuando, tras haber advertido las dificultades de la cogobernanza, y redactado propuestas legislativas para evitar la incertidumbre y el caos, se percibe un consenso general en que la reforma de la Ley Orgánica 3/1986, de 14 de abril, de Medidas Especiales en Materia de Salud Pública hubiese sido la mejor solución. Por eso cerramos este período de crisis política, económica y sanitaria con un balance más que aceptable, sin que nadie se atreva a decir que fue la suerte, el Apóstol o la geografía -y no la Xunta- la que explica los buenos resultados.
No tengo duda, sin embargo, de que a la excelencia de la gobernanza a la gallega ayuda mucho la vigencia del sistema de partidos de la Transición, de una política sin enfrentamientos, de una mayoría estable que toma decisiones de gobierno, y de una impecable jerarquización de la gobernanza multinivel que, lejos de conducirnos a la parálisis, refuerza la acción institucional coordinada. Y a todo esto se le puede llamar, con transparencia, Alberto Núñez. Porque, si malo es ocultar lo que mal se hace, peor sería no atrevernos a atribuir los méritos de gobierno a quien de verdad los tiene.