Los perros de la pantalla

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

25 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

De pequeño yo quería ser el cabo Rusty, el niño de la serie Las aventuras de Rin tin tin. Me entero con pena de que este mes ha muerto en la indigencia en Arizona (o más bien el actor que lo interpretaba). Pero el caso es que la triste noticia me ha hecho meditar sobre esos perros de la pantalla que han tenido un impacto en la sociedad mucho mayor de lo que la gente se imagina.

Empezando por el propio Rin tin tin, que pertenecía a una raza, el pastor alemán, casi desconocida fuera de Alemania hasta que llegó él. El primer Rin tin tin, de hecho, era un perro militar alemán capturado por un soldado americano en Francia. El soldado hizo fortuna con él en el cine mudo, con tanto éxito que en 1929 hasta ganó el Óscar al mejor actor, aunque luego la Academia anuló la votación y se lo dio a Emil Jannings (que también era bastante bueno). El Rin tin tin de nuestra infancia era ya el cuarto de la dinastía y ahora se sabe que tan solo salía en los títulos de crédito porque no había heredado el talento del bisabuelo. Hasta los niños nos dábamos cuenta de que usaban tres perros distintos y nos divertíamos distinguiéndolos: «¡Mira, el gordito! ¡Mira, el tuerto!», gritábamos.

Si los pastores alemanes deben su ubicuidad a Rin tin tin, los cocker spaniel se la deben a La dama y el vagabundo; los dálmatas a 101 dálmatas; y los collies a Lassie. En este caso, incluso hubo que hacer cruces para que saliesen ejemplares con su raya blanca característica y más grandes de lo normal, porque Lassie, aunque hacía de perra, era un perro (eso, para los que piensan que era mal actor).

Porque las razas de perros son una creación humana. Por eso sus historias son breves. Es precisamente el cine el que hace que parezcan eternas al incluir anacrónicamente perros actuales en tramas que transcurren cuando todavía no existían. Son anacrónicos, por ejemplo, los pekineses para cualquier momento antes de finales del siglo XIX que no sea China, cuando empezaron a traerlos de allí los marineros. El toller que corretea en Sentido y sensibilidad no existía en el siglo XVIII y la raza golden retriever flat coated, que también aparece ahí, no se creó hasta medio siglo después.

En las películas de época siempre busco el labrador amarillo. Aparece en el siglo XIX en Howards End; en el XVIII en Barry Lyndon, y hasta en el XVI en Un hombre para la eternidad. Pero incluso estaba fuera de lugar en Downton Abbey, que se desarrollaba a principios del XX, porque hasta la década de 1930 todos los labradores eran negros con manchas blancas. Era anacrónico, en fin, el propio Rin tin tin en aquella serie de televisión, que transcurría en el Oeste Americano (en Gladiator aparece un pastor alemán hasta en la Roma Antigua). En muchos casos, es simplemente imposible poner el perro correcto, porque la raza ya no existe. No existe el gris de San Luis con el que cazaban los reyes en la Edad Media, ni el english water spaniel que menciona Shakespeare en Macbeth (se extinguió hace menos de cien años). No existe ya el perro de aguas de Norfolk que se ve por toda la pintura paisajística inglesa. Tampoco la variante original del moloso que describe Aristóteles y cita Virgilio, un perro tan corriente en la Antigüedad que hasta tenía su propio jeroglífico egipcio. Las razas de perros van y vienen porque son una proyección nuestra, de nuestra cultura cambiante. Más que el mejor amigo del hombre son su alter ego, creado, si no a su semejanza (o no siempre) sí a su imagen. (Y, por cierto, Rin tin tin tenía que haber ganado aquel Óscar).