Elefantes


Comenzamos el segundo trimestre del año I p.p., 13 meses que son menos que el embarazo de un elefante. No hace mucho, un grupo de científicos alemanes, pertenecientes al Instituto Leibniz de Investigación en Zoología de Berlín, ha descubierto por qué el período de gestación de las hembras de elefante dura 24 meses. Es un proceso necesariamente largo para lograr que el elefante neonato tenga un desarrollo cerebral adecuado para sobrevivir en el mundo en el que nace, que, por cierto, no es nada apacible. Si la pandemia tuviera un sentido embriológico para la evolución humana, se diría que estamos pasando un embarazo global del que tiene que salir un feto mucho más adaptado para sobrevivir en la nueva anormalidad.

A nuestra manera, somos tan grandes como los elefantes, ¿qué menos que tener un embarazo igual al suyo o más largo? Si esta dulce/amarga espera sirviera para que nuestro sistema cerebral se desarrollara y cambiara para adaptarse mejor a este sin dios que vivimos; si fuera para eso, estoy dispuesto a ponerme en modo elefante y esperar como mínimo once meses más sin ningún problema y con un algo de cava.

Las elefantas dejan pasar cuatro o cinco años antes de volver a estar receptivas porque disponen de un sistema hormonal único en la naturaleza. La reciente legislación de los permisos de paternidad y maternidad nos acerca más al sabio elefante al dar un tiempo razonable dedicado a iniciar a la cría humana. La diferencia es que nosotros tenemos una tasa de natalidad en cifras de extinción y los elefantes -si los dejásemos en paz- tienen la que tienen conforme a su grado de adaptación al medio. Nosotros, ni estamos adaptados, ni tenemos todavía un medio estable al que adaptarnos. En eso estamos.

Loxodonta africana: 22 meses. Pandemia coronavírica: 24.

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