Un acto religioso no puede convertirse en sufrimiento
OPINIÓN
Estamos en plena pandemia causada por un virus, SARS-CoV-2, cuya vía principal de contagio es la vía respiratoria. El mecanismo de transmisión fundamental es por aerosoles, los cuales tienen un gran alcance y permanecen mucho tiempo en suspensión, lo que facilita la capacidad de contagio. En estos momentos, además, la cepa predominante en nuestra comunidad y nuestra área sanitaria es la denominada variante inglesa (B.1.1.7), que produce mayor carga viral durante más tiempo, lo que se traduce en una capacidad de contagio 50-70 % mayor y un exceso de mortalidad (30-60 %). El mecanismo de transmisión, la incapacidad para detectar al paciente asintomático o aquel que está en el período previo a desarrollar síntomas y la cepa circulante en la actualidad es lo que hace especialmente difícil el control de la situación epidemiológica. Es «la tormenta perfecta». Como consecuencia de todo lo anterior llevamos un año con restricciones que impactan en nuestra vida personal, profesional, afectiva… ¡Todos estamos cansados! Sin embargo, no entendemos o no queremos entender que todas estas medidas lo único que pretenden es evitar un sufrimiento innecesario y salvar vidas. Además, si lo hacemos bien, también salvaríamos la economía. Continuamente asistimos a aglomeraciones en la vía pública, por un motivo deportivo, social o ideológico, que, si bien son lícitos todas, o casi todas, aplaudimos cuando no se permiten. Criticamos cuando por iniciativa político-social se relajan las medidas y, dado que no cumplimos, en general, con esas medidas, como consecuencia de ello se produce una nueva ola, con todo lo que ello conlleva: nuevas restricciones, soledad, más enfermos, imposibilidad para atender en tiempo y forma a otros pacientes y más muertes. Las noticias con la retahíla de contagios, enfermos, ingresados en hospitales, ucis y muertos remedan a la salmodia del sorteo de Navidad. Los datos ya ni los escuchamos, ni los leemos, tal vez porque queramos olvidarnos de la realidad que nos atenaza y, cuando no nos toca directamente, actuamos como si estuviéramos anestesiados.
En medio de esta situación y con una mejora de los datos epidemiológicos llega la Semana Santa, motivo de celebraciones religiosas y lúdicas. Pero, en esta situación, ¿estarían justificadas las procesiones u otros actos religiosos multitudinarios en los que tal vez se pueda controlar, desde el punto de vista epidemiológico, a los participantes, pero no a los asistentes? Pienso que un acto religioso no se puede convertir en motivo de sufrimiento y muerte porque es lo que ocasionaría. La religión como creencia personal se puede y debe vivir como un sentimiento íntimo que no aporte más dolor al ya vivido.