Si hay un asunto candente que el presidente de EE.UU., Joe Biden, ha heredado de su predecesor y en el que su política puede cambiar muy poco es la relación de su país con el imparable ascenso de China hacia una hegemonía comercial y tecnológica que ninguna administración en Washington puede razonablemente aceptar, so pena de dejar caer a EE.UU. en una vulnerabilidad extrema. Cambian las formas agresivas e impredecibles de la Administración Trump, pero lo cierto es que en sus primeros 50 días la nueva Administración demócrata no ha dado un solo paso en la dirección de buscar un mayor entendimiento o distensión con Pekín. La política arancelaria se mantiene por el momento, afectando a 360.000 millones de dólares, dos tercios de las exportaciones chinas, lo que puede ser comprensible si se considera que el déficit comercial de EE.UU. ascendió en el 2019 a 616.800 millones de dólares.
Más peligroso para Washington resulta aún la dependencia en el área tecnológica. EE.UU. no tiene suficientes recursos para cubrir sus propias necesidades en este campo, especialmente en semiconductores. Depender de su principal rival en un asunto tan vital es tal vez el peligro principal al que se enfrenta una relación claramente desequilibrada. Hay otros, como los ciberataques -recientemente Microsoft ha sufrido uno de gran envergadura que se supone procedente de China-. Y las empresas dominantes, como Mobile o Unicom, controladas por el Ejército chino, y otras que, siendo teóricamente privadas -Huawei, ZTE- no ofrecen, al menos a juicio de Washington, suficientes garantías de independencia política como para confiarles el desarrollo de tecnologías tan sensibles como el 5G.
China es el gran rival geopolítico de EE.UU., y lo va a ser durante todo el siglo XXI. En realidad, es su único problema, pero de una magnitud desconocida, ya que su impulso es irrefrenable. Biden se va a ver obligado a utilizar todos los recursos disponibles para tratar de debilitarla, incluido el recurso a la defensa de los derechos humanos (Xinjiang, Hong Kong), algo a lo que Pekín es especialmente sensible. No se trata de una confrontación geopolítica, la estrategia de Xi Jinping se limita a intentar mantener la unidad del país, recuperar Taiwán y abrirse paso hasta el estrecho de Malaca, esencial para su comercio, y ninguno de estos objetivos debería ser un casus belli para EE.UU. El mantra del presidente chino es la «coexistencia pacífica», no quiere problemas, porque sabe que si nadie se los plantea tiene todas las de ganar.