Puigdemont es El Rubius


A mí cada vez me tiene más pinta de youtuber, y que no se me enfade el gremio, pero detrás de esa enorme pantalla de plasma, sentado en su silla de lujo, viendo la vida pasar y comentando las jugadas de la política catalana, Puigdemont se me parece más a El Rubius, aunque todavía no lleva el superauricular con el micro en la boca. Uno en Waterloo, y otro en Andorra, eso sí. Pero Carles también se ha parapetado en un casoplón de 500 metros cuadrados, 6 habitaciones, sauna, y mucho, mucho jardín para pasear. Y eso, dice él, es «como una cárcel», aunque veremos si se atreve a soltárselo a la cara algún día a Junqueras. El caso es que la aparición estelar el domingo por la noche de Puigdemont, al que su grupo siempre se dirige como president, en esa gran pantalla de televisión, un poco a lo show de Truman, tiene ese punto de dimensión virtual en la que se manejan los youtubers, que mueven millones de euros, se pegan una vidorra de escándalo, mientras analizan la historia sin meter la puntita del dedo en el agua caliente. O tal vez me lo parezca solo a mí, pero esa presencia en modo ausencia de Puigdemont dirigiendo la noche electoral desde su búnker, me ha parecido propia de un videojuego, con toda la carga hipnótica que precede a un fundido en negro. Claro que en Waterloo, al igual que El Rubius en Andorra, Carles ha ganado independencia.

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