El fabricante de indepes era Sánchez

O.CAÑAS.POOL

Si a Mariano Rajoy se le acusó de ser un fabricante de independentistas por su negativa a cualquier tipo de acuerdo con los secesionistas y por responder al desafío golpista con la aplicación estricta de la ley, siguiendo esa misma lógica habría que concluir que la producción de esa factoría de separatistas crece ahora más que nunca con su maquinaria bien engrasada por Pedro Sánchez, que aplica exactamente la receta contraria. Desde el año 1999, el voto nacionalista primero e independentista después se mantuvo fijo en un entorno que osciló entre el 46,7 % y el 49 %. Ni siquiera el giro emprendido por Artur Mas para ocultar su nefasta gestión política y económica envolviéndose en la bandera del independentismo modificó esos ratios. Tras la llegada de Rajoy al Gobierno en el 2011, y con el procés ya en marcha, el voto independentista no paró de bajar en cada una de las elecciones catalanas desde el 2012. Incluso en el 2017, consumados ya el referendo ilegal y la contundente respuesta jurídica y policial del Gobierno de Rajoy -que la propaganda separatista presentó casi como la noche de los cristales rotos de los nazis-, el voto independentista, lejos de crecer, cayó ligeramente desde el 47,8 % conseguido en el 2015 al 47,5 %.

Pues bien, este domingo, una vez que se agotó el cava en los cuarteles del PSC, los socialistas comprobaron resacosos que el dinosaurio independentista no solo seguía allí, sino que había crecido vigorosamente, convenientemente amamantado por Sánchez. Convertir a los secesionistas en socios del Gobierno de España y ceder ante los golpistas hasta el punto de que el Ejecutivo se ha comprometido a sentarse en una mesa a dialogar con ellos sobre la amnistía y la autodeterminación ha llevado no solo a que el voto separatista crezca 2,5 puntos respecto al del 2017, sino a que tengan más escaños que nunca y por primera vez en dos décadas superen el 50 %. Gran éxito.

Pero la pregunta es: ¿le importa a Sánchez que el independentismo salga reforzado? No. Sus prioridades son otras. Y las logra todas. Primero, que la victoria del PSC le refuerce a él, aunque ese triunfo no sirva en realidad para nada, porque Illa pasará a ser un líder de la oposición «al 101 %» al que el secesionismo lidiará cómodamente con la muleta, cuando no con el estoque. Y su segundo objetivo, presentar a Vox como la alternativa a su Gobierno reduciendo a escombros a Cs y el PP, lo consigue con la colaboración de un Casado errático, veleta y sin proyecto. Según el libreto de Sánchez, el espantajo de Vox obligaría ahora a todos los demócratas a votarle a él, como si las próximas generales fueran una segunda vuelta de las presidenciales francesas en las que participara Le Pen. Pero el resumen real es que los independentistas gobernarán con más fuerza y sin necesitar al PSC; Sánchez depende de ellos en Madrid; Vox crece; Illa seguirá pidiendo pasar página, como los niños cuando un libro les supera, y con el PP y Cs aniquilados en Cataluña el sueño de una alternativa constitucionalista al separatismo queda enterrado muchos años. La vida no sigue igual. Sigue peor.

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