Sin recetas para los grandes desafíos catalanes


Cataluña ha sido siempre percibida por el resto de los españoles como la comunidad rica por excelencia. Con un sector industrial y empresarial muy potente, generador de empleo que atraía trabajadores de otras comunidades, y una ubicación geográfica que le daba grandes ventajas para acceder al mercado internacional, en los últimos 25 años vio reforzado su sector público con un sistema de financiación autonómica diseñado a capricho de la entonces todopoderosa Convergencia.

Hasta que la crisis que estalló en el 2008 le hizo tanto o más daño que al resto del país, se aplicaron recortes sociales muy duros y Artur Mas decidió tapar el declive económico con un órdago independentista, con el que también quería frenar la pujanza de ERC. Órdago que derivó en sinrazón en el 2017.

Octubre del 2017 lo rompió todo. No solo condujo a una profunda crisis institucional sino que desde entonces Cataluña arrastra los dos mayores retos que debe afrontar la nueva Generalitat: la polarización y división de su sociedad, y una falta de gestión que ha contribuido a empeorar la situación de la economía catalana.

Con Puigdemont primero, y Torra después, la economía perdió el pulso hasta ver cómo Madrid le adelantaba para convertirse en la primera comunidad de España por PIB. Por no hablar de las miles de empresas que optaron por abandonar Cataluña y la mala imagen que se trasladó al mercado exterior. Y por si esto no fuera suficiente, llega la pandemia, que pilla la Generalitat en manos de un personaje como Torra. El resultado es que la economía catalana ha sufrido una caída superior a la media española.

El Gobierno entrante no debe olvidar que mantener el pulso económico es garantizar un marco para que las empresas estén tranquilas, puedan progresar y generen empleo. Porque, por ahora, es la única fórmula que hemos encontrado las sociedades occidentales para mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Y las perspectivas son muy malas. La opción más factible, pese a los grandes desencuentros y recelos entre ellos, es la de un gobierno independentista. Y el único nexo de unión entre los burgueses, los radicales de izquierdas y los anarquistas va a ser el proyecto de la independencia, pero nunca un modelo económico común para que Cataluña resurja con fuerza de la actual situación.

Y tampoco serán capaces de trabajar por la unión y por la rebaja de tensión social, cuando unos presumirán de exilio y los otros de ser presos políticos. En el terreno de la polarización lo mejor sería tomar ejemplo de la hasta ahora mejor virtud exhibida por el vencedor de las elecciones, Salvador Illa, quien si bien no pudo recurrir a las cifras del covid como muestra de éxito en la gestión, sí puede presumir de haber aportado a la escena política la serenidad y respeto al otro que tanta falta hacen en Cataluña. Y en España también.

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