Recordando la inocencia

Francisco Martelo EN VIVO

OPINIÓN

09 feb 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Mi amiga Mariflor, siempre niña por una lesión cerebral sufrida en el momento de su nacimiento, se ha ido, arrastrada por la corriente del coronavirus. Ha dejado sumida en la tristeza a su familia y a todos sus amigos. He recordado a su madre, siempre tan pendiente y preocupada, porque aunque era la mayor de sus hijos para ella continuaba siendo la pequeña, Creo que nunca habría podido imaginar que el final de su niña tendría como escenario una tormenta global, con un virus que dispara en el espacio, al azar, dañando al que ande cerca.

Las personas asentadas permanentemente en el mundo de la infancia conviven con un círculo humano reducido. Aparte de la familia, solo están cerca de cuidadores y compañeros de las tareas diarias, atiborradas de actividades manuales capaces de aportar responsabilidad durante el trabajo y bienestar cuando se logra el resultado deseado. Exactamente igual que lo que les ocurre a los que tienen un cerebro privilegiado. A pesar de todo, en este tiempo en que, todavía, la pandemia gana la batalla, el contagio viral proviene de esa gente próxima que los quiere y los ayuda, contaminándose, a pesar de los rígidos protocolos que intentan prescindir de lo que más necesitan, el contacto epidérmico como lenguaje corporal capaz de transmitir sus sentimientos.

La lucha no ha sido eficaz, porque son demasiados los mandatarios aportando solamente buena voluntad; muchos los ciudadanos, rayando la psiquiatría, incapaces de soportar la soledad, y unos pocos perturbados determinados a negar, incluso, la evidencia científica de la vacunación. Frente a ellos los sacrificados profesionales de la asistencia sanitaria, sometidos a un riesgo permanente. Estos sí ayudaron a Mariflor a llevar el trance en un tiempo en que la vacuna no llegó para ellos.

Encontrarse con ella era una delicia, ya que en este mundo de problemas su pícara charla alineaba una tras otra las cosas buenas de la vida. No se repetirá en el portal nuestro saludo: «Buenos días Mariflor» y su inalterable «Hola abuelito». Habrá que decirle a la primavera que mi amiga se ha ido y pedirle que este año demore su llegada desplazando al otoño, para disponer de un tiempo en que, tras el esfuerzo de esa gran mayoría de gente buena y esforzada comprometida en la lucha, podamos disfrutar de un inacabable período de luz e ilusión en el que el virus maléfico deje de hacernos daño. Mariflor se alegraría.