Hablando de otra cosa

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

07 feb 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuenta Josep Pla en El cuaderno gris que su amigo Josep Bofill de Carreres, alias Gori, se indignaba con las obras de teatro que entonces, hace ya un siglo, se representaban en Barcelona. Se quejaba Gori, ante el teatro moderno, de que le hicieran pagar «para ver cosas reales, cosas que pasan cada día, cosas que se pueden mirar abriendo simplemente la ventana». A mí con la literatura de ahora me está pasando un poco lo mismo. Mi generación se crio con La isla de tesoro y con Kim de la India, con las novelas de Tarzán. Después, con Lovecraft y con Conrad -arroz con bacalao- cuyo corazón de las tinieblas, como las aventuras de John Clayton, Lord Greystoke, se desarrolla en el África negra. Hasta que llegó Julio Cortázar: primero con los cuentos, pero luego, sin contemplaciones, con Rayuela, y una multitud de sudamericanos que llenaron nuestros bares y nuestras aulas. Y todos nos convertimos en personajes de aquel juego literario -que hoy, todo hay que decirlo, se me cae de las manos-. Ahora, la autoficción, que puso de moda Cercas con Salamina, se ha atrincherado en las mesas de las librerías como hacen los congrios y los meros entre las rocas. Y la gente la lee porque se lee a sí misma o, como decía Gori, al vecino de enfrente. Yo no sé si la literatura debe hablar de la gente corriente o de los aventureros y los asesinos como Pascual Duarte -yo, señor, no soy malo-, pero a veces me acuerdo de Jim Hawkins y de la posada del Almirante Benbow, y me estremezco al oír los aldabonazos de la puerta de quien trae la mota negra.