Frente a efecto Illa, efecto presos

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Quique Garcia | Efe

Una de las fotografías más publicadas ayer ha sido la de los condenados por el procés, ahora en semilibertad por la concesión del tercer grado por la autoridad política catalana, dos meses después de que el tribunal sentenciador, el Supremo, anulara por «precipitada» la anterior concesión de esa gracia. Como la Fiscalía no ha recurrido, este cronista no tiene nada que oponer y ahí están los señores presos, actuando como agentes políticos y convocando a la prensa para hacerse una foto con carteles que reclaman su propia amnistía y piden de palabra el ejercicio de la autodeterminación. Si Pedro Sánchez buscó el efecto Illa con su entonces ministro de Sanidad, se puede decir que el secesionismo encontró el efecto presos con más eficacia mediática todavía. Y no es para menos: esos políticos condenados salieron de la cárcel el día más oportuno, el de comienzo de la campaña electoral, y pasaron directamente de las celdas al mitin. Estratégicamente, perfecto. Los indepes dejaron como tonto al Estado. Para mucha gente, la Justicia española reprime y encarcela, la autoridad nacionalista libera.

Mientras esas escenas se producen con éxito de público y eco de crítica, el indulto sigue los trámites preceptivos. No sabemos con exactitud en qué momento ni en qué instancia se encuentra, pero la voluntad del Gobierno es concederlo de forma total o parcial. Es más: uno de los primeros y más destacados defensores de su concesión, el socialista don Miquel Octavi Iceta i Llorens, ha sido designado ministro del Gobierno de España. Y vamos a ver cómo se gestiona uno de los requisitos exigidos a los hipotéticos beneficiarios, que es el del arrepentimiento. No se les ha visto muy arrepentidos, porque salieron diciendo aquello que ya decían antes del tercer grado autonómico: «Lo volveremos a hacer». Y en la memoria de todos está la ingeniosa frase de Oriol Junqueras: «El indulto que se lo metan por donde les quepa». Salvo el Tribunal Supremo, parece que todo el mundo lo sabe y espera el indulto como la cosa más natural del mundo.

La próxima meta de los expresos será, como indican sus carteles, la amnistía. Está prohibida por la Constitución, pero ya verá usted cómo aparece un genio del derecho que coge la lámpara de Aladino y hace brotar la fórmula mágica. Basta, probablemente, que la amnistía se brinde al Gobierno como el paso previo para encarrilar la solución del conflicto. O que alguien la ponga en el orden del día para la mesa de diálogo que por fin se va a constituir como señal del nuevo tiempo que el señor Sánchez quiere inaugurar, con efecto Illa o sin efecto Illa. Su Gobierno respondió ayer que no hará nada que se salga del marco constitucional. Eso tranquiliza mucho a la buena gente, menos a quienes saben que el respeto al orden constitucional no es un dogma religioso, sino un arte: el arte de saberlo regatear.