Máxima preocupación

editorial

La situación crítica que ha traído la tercera ola de la pandemia no ha hecho más que empezar. Los pronósticos más optimistas auguran que antes de que acabe el mes de febrero no se experimentará una mejoría sustancial. Y los más realistas apuntan que el país pagará una terrible factura en pérdida de vidas humanas, enfermos, estrés del sistema sanitario, daños económicos y elevada fatiga social.

El mal es general, como se puede advertir a nuestro alrededor. El Reino Unido afronta con extremas dificultades el colapso de sus hospitales, Portugal ha tenido que aplicar un drástico confinamiento de al menos un mes, y países tan previsores como Francia o Alemania fracasan o se ven superados en la contención del virus. En Galicia, como mínimo consuelo, los hospitales y las ucis aún tienen margen de actuación, pero el número de infectados llegará hoy o mañana a las diez mil personas.

Por eso tienen que ser recibidas con preocupación crítica, pero con voluntad cooperadora, las medidas restrictivas que mañana entran en vigor. Detener el avance de la pandemia o intentar su contención en el momento de mayor virulencia no es un problema de los políticos. Es un problema de los ciudadanos. La conducta que cada uno siga en su vida privada es la única arma efectiva para impedir que el virus pase de una persona a otra. Por tanto, al tiempo que hay que exigirle a la Consellería de Sanidade más eficacia, la población debe aceptar que tiene que convivir con todos los inconvenientes y todos los daños paralelos que trae consigo esta nueva cadena de restricciones.

Los ciudadanos lo han hecho antes ya y volverán a hacerlo ahora, con su encomiable capacidad de adaptación. Y de sufrimiento. De ninguna manera quedará empañada su cooperación por un ínfimo número de inconscientes e insolidarios, que se hacen acreedores a una ejemplar sanción.

Pero si contener la propagación de las infecciones es tarea primordial de las personas, compensarlas por su sacrificio es la más importante e ineludible que tienen hoy los políticos. Para muchos gallegos, aplicar las medidas restrictivas significa, como mínimo, la pérdida de ingresos. Para otros, quedarse sin trabajo. Y para los más damnificados, incluso la ruina.

Hasta ahora solo han recibido promesas. Lo que se ha escrito con grandilocuencia en los diarios oficiales es en gran parte -por decirlo de una manera gráfica- una fake news en la vida real. Ni las cantidades son suficientes, ni llegan a tiempo, ni llegan. Y ese sí es un daño absolutamente evitable.

Por tanto, está clara la agenda del mes: los ciudadanos, cumplir las normas e impedir los contagios; los políticos, compensar los daños; la administración sanitaria, acelerar al máximo la vacunación. Y a todos los que trabajan en la medicina, respeto, agradecimiento y aplauso.

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