Un «brexit» abocado a la estupidez

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En 1973, cuando el Reino Unido ingresó en Europa, se cometieron dos grandes errores que condujeron al brexit. El primero fue el invento -más oficialista que popular- del euroescepticismo británico, que debía funcionar como un infalible instrumento de presión contra la Europa política, y como mecanismo de implantación de una rancia y privilegiada aristocracia que condujese el espacio económico común a un modelo de dos velocidades. El segundo error lo cometió la CEE, al enamorarse ciegamente -como si nadie hubiese leído el Ars amatoria de Ovidio- de las ventajas simbólicas que el Reino Unido aportaba a la Unión, y al creer -con un infantilismo que solo De Gaulle había combatido sin tregua- que a los caprichosos solo se les educa cediendo.

Por eso puede decirse que la relación UE-Reino Unido nunca fue buena, que reblandeció hasta la imprudencia la cohesión interna de la UE, que retrasó sin necesidad la Europa política, y que acabó contagiando la estrategia del euroescepticismo a los países del Este, que, en estos mismos días, siguen operando como peligrosos disolventes que desprestigian las relaciones internas de la UE e impiden el avance hacia una gobernanza eficaz y democrática.

En este contexto, que se fue emponzoñando a lo largo de 40 años, surgió el brexit, que, lejos de venir a resolver un problema real, venía a crearlo; que responde a un debate en barrena que sustituyó todas las estadísticas y todos los razonamientos por una decisión puramente emocional; y que, en el colmo del disparate, fue propuesto, gestionado y perdido por aquel David Cameron que, presumiendo de europeísta, siendo contrario al brexit, y teniendo una enorme y asentada mayoría parlamentaria para gobernar su país, jugó con el fuego del brexit para ver si podía quemar en él los descontentos territoriales y sociales derivados de la primera crisis del siglo XXI.

El resultado de esta cadena de disparates fue el triunfo del brexit. Y la lección de esta triste historia es que, cuando se crea un contexto político estúpido, que se convierte en esquema interpretativo del Estado y del sistema, ya no se pueden tomar decisiones racionales. Porque, aunque en las dos partes hay personas muy preparadas y experimentadas, y los problemas grandes tienden a resolverse dentro de la racionalidad, es inevitable que los tiquismiquis se enseñoreen de un debate que al final siempre se resume en saber -refiriéndonos a la razón y a la habilidad retórica, of course- «quién la tiene más grande». Y ahí tienen al proyecto político más interesante de toda la historia de la vieja Europa, cuya construcción y gestión está encomendada a las democracias más avanzadas del mundo, reducido a la insufrible disyuntiva de si somos capaces de culminar la estupidez con buenas formas, o si vamos a divorciarnos rompiendo la baraja y los jarrones, y sin más objetivo que el de asegurarnos que al otro cónyuge le va peor que a nosotros. Porque «los dioses -decían los clásicos-, cuando quieren destruirnos, siempre empiezan por volvernos locos».

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