Trump perdió la reelección


Cuatro días para concluir cuatro años de una presidencia que a nadie ha dejado indiferente. Nunca como hasta ahora Estados Unidos ha estado tan fragmentado de un lado y polarizado de otro. No ganó Biden, perdió Trump. Cuando en unas elecciones se presenta a la reelección un presidente y este no obtiene su reválida, más que ganarla el rival, las pierde el presidente. Una derrota que para muchos supone un alivio. No han sido pocas las cuestiones en las que el desdén y el desprecio ha sido absoluto, desde el cambio climático y calentamiento global hasta la situación en Oriente Medio, donde Israel pierde a un aliado incondicional como pocos que han pasado por la Casa Blanca en décadas. 

Contra todo pronóstico ganó en el 2016 aún obteniendo casi tres millones menos de votos que Clinton. Ahora, los norteamericanos han decidido, en una participación histórica, incluso por correo, poner freno a Trump y privarle del segundo mandato. Castigo a un mandato controvertido, de confrontación, donde la verdad y la moral han sido víctimas, pero donde también muchas decisiones que ha adoptado el ya 45 presidente de los Estados Unidos no serán modificadas por Joe Biden.

No nos equivoquemos, no es un rompe y rasga, sino que, en no pocas cuestiones, habrá continuidad. No así en las formas, que cambiarán drásticamente para mejor. Mayor educación y respeto, cercanía y modales. Europa con Merkel a la cabeza ya habla de resetear las relaciones. Londres sabe que su idea de brexit puede verse quebrada al desaparecer el adalid de la confrontación. Y China, de momento, calla, sabiendo que las medidas comerciales que la administración saliente adoptó difícilmente serán removidas en su totalidad. Putin aprieta el paso y trata de reafirmar su posicionamiento internacional beligerante y decidido ante el retraimiento multilateral de Trump.

Pero, ¿cómo vive Estados Unidos este cambio de presidencia? Tras el conteo dramático y la actitud obstruccionista y altanera, altiva y grosera de un Trump desesperado, que ha dañado el sistema democrático como pocos presidentes con este empecinamiento acusando a los medios, a las tecnológicas y un largo etcétera, la radiografía del momento refleja una fractura que no es nueva y que ha sucedido en el pasado. No fue menos agónica y de infarto la presidencia de Kennedy y la noche electoral frente a Nixon y unos siempre discutidos cien mil votos, o las 524 papeletas mariposas de Florida entre Bush hijo y Gore.

Supremacía, mentiras, impuestos, covid-19, negacionismo, violencia policial, soberbia, populismo, ceses y dimisiones continuas en su equipo, desprecio a la diplomacia, gestos groseros y grandilocuentes de quien se ríe de las reglas políticas y ser un simple outsider caprichoso de la misma y los pasillos lobistas de Washington, han terminado por arrojar una imagen frívola de una presidencia que la historia no dejará en buen lugar.

Biden, con casi 78 años, es uno de los presidente electos de mayor edad. 160 millones de votantes han hecho historia y han reaccionado para cerrar el paso a un Trump que no acepta la derrota y se embarulla en batallas legales disparatadas y que debilitarán la confianza en la democracia más antigua de los estados modernos. Sabe Biden que probablemente no podrá afrontar un segundo mandato. Muchos se fijan en Harris, su vicepresidenta. Pero también hoy respiran más tranquilos tras el show trumpetiano que, curiosamente, sacó siete millones más de votos que en el 2016.

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