Delibes, carpintero


No hay carpintero veterano que no compruebe ángulos o el lijado una y otra vez. Esa mesa desgastada, con manchas de tinta y quemaduras de cigarrillo, que se exhibe en la Biblioteca Nacional, pertenece a Miguel Delibes, pero podría ser el banco de trabajo de un carpintero. No quedan escritores del tamaño de Delibes, como escasean los carpinteros que aman y miman sus piezas. Para estos, la madera es sagrada. Tallarla y hacerla útil, su misión. Para el escritor, las palabras eran su material. Pero, como el mejor de los artesanos, iba más allá y comprobaba ángulos, ensamblaba párrafos, pulía y lijaba lo que oía para darles el aliento del alma a sus personajes. Hasta quedar exhausto. 

El carpintero que entrega una estantería a medida no siente orgullo. Siente amor por los demás. Sabe que lo útil es belleza. Se desprende de un pedazo de él. Delibes nos entregaba unos libros que perdurarán porque Azarías respira y Azarías duele como la vida, milana, bonita.

Delibes tenía su cinta métrica, su nivel, su cincel, su martillo, su lápiz, su escuadra y su sierra de mano. El uso que hacía del lenguaje estaba al servicio de la historia. Su empleo del diccionario era una exhibición ante la pobreza de hoy. Pudo ganar el Nobel, pero se le adelantó Cela, solo porque el gallego se lo curró y Delibes era hombre de melancolías. Los dos merecen dos o tres Nobel.

Quedarse con un libro de Delibes es imposible. Se le lee como a las cerezas. Una historia tira de la otra. Es inagotable. Tal vez el homenaje de amor a su mujer: Señora de rojo sobre fondo gris. Una caja de música que se termina con lágrimas en los ojos y que hay que regalar para entender lo que es una vida en común, no un postureo de First dates.

El hereje es su catedral de Valladolid. Roza la perfección. En Viejas historias de Castilla la Vieja pinta el campo tal cual era y te permite leer las líneas de la mano de los paisanos. Sus diarios, del emigrante, del cazador, del jubilado, voces auténticas que retarían a un polígrafo. Y Los niños. Qué manera de contarlos. Prueba de que jamás silenció ni mató al niño que había en él. Un páramo de inocencia descarnada.

La timidez de su carácter le refugiaba en la hurañía. Pero el centenario que se celebra del autor nos está acercando al hombre que fintaba a la censura, que era valedor de los indefensos.

Pocos contaron con tanta sencillez cómo es la suela de la bota del poderoso. Amigo de sus amigos. Los amigos se cuentan con los dedos de una mano y sobran. Hombre de largos paseos por el Campo Grande, ha dejado unas páginas que no arderán nunca. Una estantería de libros de madera noble que aguantará amanecidas y anochecidas y que pasará de hijos a nietos y a bisnietos, todo lo contrario a este mundo frenético de usar y tirar que no sabe ni por dónde sale o se pone el sol. Delibes veía venir la lluvia.

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