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05 sep 2020 . Actualizado a las 09:19 h.

Cada vez es más frecuente usar como apelativo el emérito para citar a Juan Carlos I, dando por supuesto que con solo esa mención, omitiendo el sustantivo rey, basta para saber de quién se trata. El adjetivo emérito acaba así empleándose como nombre, que cuando aparece en solitario ya es el antonomástico del hombre que había forjado su leyenda la noche de un 23 de febrero.

El 19 de junio del 2014 se hizo efectiva la abdicación de Juan Carlos I como rey de España. Casi simultáneamente se publicó un real decreto que estableció que «Don Juan Carlos de Borbón, padre del Rey Don Felipe VI, continuará vitaliciamente en el uso con carácter honorífico del título de Rey». En las tormentas de ideas de aquellos días en el palacio de la Zarzuela se planteó el problema de cómo nombrar por su título y no confundirlo con el nuevo monarca al hombre que renunciaba a la Corona. Descartadas expresiones como rey padre, exrey -conservaba el título- o rey jubilado se dio con la solución de emérito. Iba a ser el rey emérito.

Emérito se aplica hoy al servidor público que ha alcanzado la edad de jubilación y goza de una prórroga en el servicio en virtud de sus méritos. Es una figura habitual entre los catedráticos de Universidad y entre los magistrados. También gozan de meritazgo algunos jerarcas eclesiásticos. Sin ir más lejos, Benedicto XVI, papa emérito.

El emérito del español procede del latín emeritus, que se aplicaba en la antigua Roma a los soldados que habían cumplido su tiempo de servicio y recibían la recompensa de la que se habían hecho merecedores. Dion Casio cuenta en su Historia romana que «terminada esta guerra, Augusto licenció a los más veteranos de sus soldados y les concedió que fundasen una ciudad en Lusitania, llamada Emérita Augusta». La urbe, cuna de la actual Mérida, la creó Publio Carisio, legado del emperador, en el año 25. Fue parte del plan de Augusto de premiar con tierras a los eméritos de las legiones V Alaudae y X Gemina licenciados tras las guerras contra los cántabros en la Montaña y en lo que hoy es Asturias.

Herodoto (484-425 a. C.) había contado cinco siglos antes en Los nueve libros de historia que era esta una fórmula que ya se empleaba en Lacedemonia, donde se llamaba beneméritos a los beneficiarios.

Volviendo a Juan Carlos I, si se insiste en llamarlo el emérito, este adjetivo acabará por convertirse en sobrenombre.