Los 90 del rey Connery


En las Bahamas, junto a Micheline Roquebrune, la artista que duerme y desayuna a diario con él desde hace 43 años, al sol de una jubilación entregada al golf, Sean Connery celebra 90 años. Como un mortal iluminado, como el padre de Indiana Jones. Su mujer, la segunda y definitiva, se enamoró del todo al ver en kilt al escocés más grande. Enamoran cuatro décadas llevando los pantalones de cine y mucho más. 1,89 centímetros difíciles de alcanzar, de llevar sin doblarse por la patada del tiempo. El gentleman de la acción fue siete veces 007, el Bond más sensual, con traje y sin él. Ni agitado ni revuelto. Antes de ser electrizante y morir, dejó su licencia para matar, para ser el secundario radiante. Vale un reparto.

La celebración de sus 90 se presta a un verano muy largo: Un puente lejano, Robin y Marian, La ofensa, La mujer de paja, Asesinato en el Orient Express, La colina...

El encanto de Connery alcanza la cima en Marnie Ladrona. Atraen su visceralidad confinada y su inteligencia, el choque de realidad y principios. Un volcán en esmoquin, fiel a Escocia y a su propio swing, Sean fue el intocable de Eliot Ness censurado por el deje escocés de su acento. Un Bond maduro en La Roca, el único capaz de una fuga exitosa. Genuino en Los Inmortales, conmovedor en Descubriendo a Forrester, antes que actor (un acierto casual, según el), fue repartidor de leche, socorrista, pulidor de ataúdes. El hombre que pudo reinar en el Hollywood del ego. El hombre que reina fuera del escenario, con su final de cine en las Bahamas. Este es el óscar al final, ¿no? Retirarse a tiempo de vivir bien. Sin interpretar ningún papel, sin esfuerzo.

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