El rey estaba desnudo


Ni son errores, ni pertenecen a su ámbito privado, ni la culpa es de la pérfida Corinna, ni está habiendo linchamiento. Las gravísimas revelaciones sobre Juan Carlos I, algunas incontrovertibles más allá de que se puedan o no sustantivar en delitos, son un escándalo. Se puede desviar la atención atacando a Podemos y los independentistas, con el argumento de que (¡oh, sorpresa!) se quieren aprovechar de la situación para abogar por la república o la secesión. Pero eso es desviar el tiro. El rey se ganó el respeto, la admiración, incluso el afecto sincero, de millones de españoles por su papel decisivo en la Transición de una dictadura que lo había elevado al trono a una democracia. El 23-F logró la legitimidad que no tenía de origen, ya que, al margen de ciertas sospechas, su decisión final de parar el golpe salvó la democracia y evitó el derramamiento de sangre. Pero el rey se creyó no solo inviolable, sino impune, y se le permitió todo. Creyó que podría vivir siempre de esas magníficas rentas, que en todo caso perdurarán, y se equivocó. Políticos y periodistas que conocían sus andanzas, que no son cosa de sus últimos años sino que vienen de muy atrás, callaron y entraron en una espiral delirante y disparatada de elogios que tapaban cualquier atisbo de crítica o información. El rey estaba desnudo pero decían que vestía trajes de ensueño. Podría haber sido uno de los mejores reyes de nuestra historia, pero ha cometido pecados imperdonables: faltar a la ejemplaridad que debería entrañar su responsabilidad y, sobre todo, engañar a los españoles, que se creyeron la construcción política y mediática de un rey santificado. Su rocambolesca espantada es un capítulo más del esperpento público que comenzó con la cacería de Botsuana. Continuará.

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El rey estaba desnudo