Hay caminos que no llevan a Roma

VISAEUROPA

Me llama poderosamente la atención el cruce de ideas y electorados que, con la disculpa del patriotismo acendrado, y con la expectativa de pactos y consensos que valen lo mismo para un roto que para un descosido, intentan convencer a los ciudadanos de que, cualquiera que sea el país y el estilo de vida al que aspiran, se puede conseguir con todos los partidos o coaliciones que concurren a las elecciones. Porque eso no es verdad, ni sería bueno que fuese verdad.

La creciente convicción de que la composición del Parlamento no es un dato esencial, porque todas sus decisiones o actitudes se pueden modificar con pactos y componendas de buena voluntad, es el resultado de un largo y complejo proceso de desafección electoral, que, tras disolver todos los fracasos colectivos en una demonización de la política y de todo lo que tiene que ver con la gobernación del país (partidos, ideologías, sistema político y electoral, universo mediático, etcétera), llega a la bárbara conclusión de que, si todos nos empeñamos en el imposible y estéril objetivo de reconducir la controversia democrática hacia un consenso general, favorable al que manda, es posible resolver cualquier embrollo y llegar siempre a Roma sin romperse ni mancharse. Pero los ciudadanos pensamos de manera distinta sobre todas las cosas. Y si, en vez de hacer compatible la defensa de nuestras ideas e intereses con la moderación política, apostamos por la coincidencia en un objetivo universal y utópico -«una salida social», o «una España igualitaria, feminista y ecológica»-, dando por supuesto que la oportuna elección de los caminos y los instrumentos de acción es casi irrelevante, todo apunta a que Hitler y Stalin serían imbatibles, siempre que entre ambos mediase un impenetrable telón de acero.

No es fácil entender -bajando a lo nuestro- que Ana Pontón relativice la esencia del BNG -el soberanismo independentista- en el justo momento de poner las urnas. Tampoco se entiende que el PP exija la intervención de Alcoa por el Estado, o que el PSOE, aceptando el cambio de papeles, conmine a su venta obligada e inmediata a otro grupo empresarial, sin decirnos si esas políticas serán aplicables a todos los casos similares, o si son parches electorales cuya caducidad está fijada para el domingo a la noche.

Nadie sabe cómo se va a cohonestar la unión de todas las izquierdas y los nacionalismos con las políticas de reconstrucción sufragadas por Bruselas. Y sigue siendo un misterio saber si el pacto de Estado que el PSOE le pide al PP, en nombre de la pandemia, es compatible con la derogación de la reforma laboral pactada con Bildu, con el secesionismo catalán, con el cerco a la enseñanza concertada, con los impuestos confiscatorios de la riqueza, con el baile pendular que encandila al PNV, o con el fomento estratégico de una España de Taifas. Por eso, si tenemos en cuenta que hay caminos que no llevan a Roma, nos convendría discutir más sobre rutas e instrumentos, y rebajar nuestra afición por los buenismos y utopías.

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