La vacuna de Oxford


A día de hoy hasta 5.000 personas continúan perdiendo la vida cada 24 horas en el mundo a causa de la pandemia causada por el SARS-CoV-2, resultando especialmente dañina entre los más vulnerables. Las medidas de confinamiento han logrado disminuir los picos de contagio; sin embargo, apenas el 5 % de la población ha desarrollado anticuerpos contra el coronavirus. Aún suponiendo que estos anticuerpos sean eficaces, estos datos sugieren que la inmensa mayoría de individuos siguen siendo susceptibles a la infección. Por lo tanto una vacuna que confiera inmunidad frente al SARS-CoV-2 se ha convertido en fundamental para disminuir la duración de la pandemia.

En 1796 Edward Jenner le administró la vacuna para la viruela a James Phipps, un niño de ocho años. Seis semanas después le inocularía el virus de la viruela humana, observando que no desarrollaba la enfermedad y estableciendo las bases para la vacunación. En el Instituto Jenner de la Universidad de Oxford, se comenzó a investigar una vacuna contra el SARS-CoV-2 en enero. La vacuna consiste en un virus que causa resfriado común en chimpancés, modificado genéticamente para no causar infección en humanos. Este virus se utiliza para expresar las proteínas pertenecientes al coronavirus, las mismas que le proporcionan apariencia espinosa. De esta manera se espera que el sujeto que recibe la vacuna genere anticuerpos frente al SARS-CoV-2, evitando el desarrollo de la enfermedad. Se trata de un mecanismo con resultados preclínicos muy esperanzadores. Sin embargo, la velocidad récord a la que se ha desarrollado el estudio ha implicado errores como la vacunación con dosis excesivamente bajas a los primeros participantes en la investigación.

Actualmente, en University College London un equipo multidisciplinar hemos aparcado nuestros trabajos habituales para vacunar a más de 500 participantes que se han expuesto a recibir la vacuna para el covid-19 o el placebo. Se trata de voluntarios sanos con baja probabilidad de desarrollar complicaciones como consecuencia de la infección, pero cuyos datos se pueden extrapolar para administrar la vacuna a grupos más amplios. Paradójicamente, el éxito de las políticas de confinamiento ponen en peligro el desarrollo del fármaco, ya que si la proporción de enfermos de covid-19 es excesivamente baja, el estudio carecerá de potencia para demostrar su beneficio en el caso de haberlo. Esta paradoja ha puesto en relieve la importancia de la colaboración internacional, como demuestran el inicio de ensayos con la vacuna de Oxford en países con mayor número de casos como Brasil y Sudáfrica.

En otro paso sin precedentes, la compañía farmacéutica AstraZeneca se ha comprometido a fabricar por adelantado millones de dosis para administrar la vacuna a precio de coste tan pronto como los resultados del estudio estén disponibles. La carrera por la vacuna supone un reto para la ciencia donde las colaboraciones a nivel internacional son esenciales para lograr prevenir una enfermedad que ha supuesto el mayor desafío global para la salud pública de nuestra generación.

Por Carlos Estévez Fraga Neurólogo en el Instituto de Neurología del University College London, que participa como subinvestigador en el ensayo clínico con la vacuna de la Universidad de Oxford

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
14 votos
Comentarios

La vacuna de Oxford