Votemos para que nos gobiernen


Sin dar por irreversible la mayoría absoluta del PP que todos los sondeos pronostican, los gallegos nos enfrentamos a la enorme responsabilidad de elegir entre un gobierno de Feijoo con mayoría absoluta -sin grandes incógnitas y bien probado-, o una coalición tripartita de la izquierda, sin liderazgo decidido, sobre la que solo tenemos conjeturas. Ante este problema, las teorías clásicas de la democracia, que parten del principio de que lo que elegimos en realidad es el Gobierno que queremos, daban por sentado -vale la pena releer a Robert A. Dahl y a Arendt Lijphart- que las estructuras de representación más sencillas, ofrecen un grado de gobernabilidad más estable y eficiente, y que por eso deben tenerse por modélicos los sistemas de partidos y las normas electorales que priman la gobernabilidad sobre el barullo parlamentario.

En España fuimos clásicos hasta hace cinco años, ya que las dos grandes opciones que vertebraban nuestro sistema -PSOE y UCD/PP- nunca tuvieron dificultades para obtener mayorías suficientes, y gobernar -consensuando lo importante- con total estabilidad. Pero ahora, debido a causas muy complejas, nuestro parlamento se ha atomizado. Las mayorías no existen, o son atrabiliarias. La capacidad de consenso roza el cero absoluto, y el ciudadano, que no conoce ni se identifica con las causas del desastre, se siente desorientado y empieza a mirar con peligrosa veneración a las simplistas fórmulas de solución -«estar todos unidos», «España es lo que importa», «la gente quiere soluciones»-, que siempre redundan, ¡vaya por Dios!, en una creciente desafección de la política.

A la hora de medir la fragmentación parlamentaria, los politólogos consideran cuatro factores de máxima importancia: A) el número de partidos que hay en el Parlamento, porque cuantos más, peor. B) La existencia o no de partidos relevantes que, por su diferencial de escaños, son capaces de concitar mayorías coherentes, porque cuando todos los partidos son pequeños -como sucede hoy en España-, el guirigay está garantizado. C) El número de cleavages que aloja el sistema de partidos, porque, si a la confrontación ideológica, le añadimos la confrontación territorial (nacionalismos), la instrumentación del feminismo y el ecologismo, las connivencias con el terrorismo o el racismo, las cuestiones lingüísticas y un laicismo activo y selectivo, la complicación crece exponencialmente. D) La distancia ideológica que existe entre los extremos del abanico parlamentario, porque es más difícil gestionar un parlamento que cabe entre IU y el PP, que uno que va desde Bildu a Vox.

Dado que España hace su actual política en el «camarote de los hermanos Marx» -Felipe González dixit-, los gallegos debemos analizar nuestras dos opciones a la luz de los experimentos del Congreso de los Diputados y de los cuatro criterios establecidos. Y, sobre esa reflexión, resolver de verdad la profecía que la encuesta de Sondaxe repetía ayer. Y esa es -porque somos libres- nuestra gran responsabilidad. 

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