Como la mayoría, pertenezco a una minoría, decía mi amigo Itxu Díaz en un artículo reciente. En realidad, yo pertenezco a varias minorías. Pero no siento esa pertenencia, en algunos casos muy fuerte y de enorme significado para mí, como generadora de privilegios, discriminación o identidad. Como mucho, ser de mi familia o de mi pueblo, dedicarme al periodismo o a la docencia universitaria configuran una parte de mi existencia, de mi actuar, pero no son yo. Me contaba alguien que en su ciudad, de muy joven, se presentaba a menudo como «Mengana de tal, hija de Fulano», un profesional muy conocido. Pero cuando acudía a los campos de fútbol para acompañar los partidos de su chico, aunque no cambiaba de identidad, recurría a referencias más eficaces para identificarse: «Soy Mengana de tal, la novia del siete». Por supuesto, no se agotaba en su condición de hija o novia. Quizá por eso no pertenece ahora a la «Asociación de antiguas novias del siete» ni siquiera a una de «Antiguas novias de futbolistas» o a la «Asociación de huérfanas de padre». Resulta improbable que lleguen a existir siquiera tales asociaciones. Bueno, resultaba improbable.

Una definición excesiva del propio grupo o de «los otros» acaba siempre en lo mismo, en gitanos y payos, en división polarizada, en exclusión irreconciliable y en endogamia al menos mental, como en Twitter.

Cuenta Quintana Paz que un college de Londres ha retirado de su escudo la leyenda Scientia imperii decus et tutamen, por imperialista. ¿Qué pasará, se preguntaba, cuando se den cuenta de que se llaman IMPERIAL College? Las poblaciones endogámicas se debilitan en su descendencia. Con la endogamia mental ocurre antes.

@pacosanchez

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Endogamia