Los señores tontos


Cuando uno tiene un hijo de cuatro años acaba analizando con bastante detalle los dibujos animados. Es lo que tiene el visionado repetido cientos de veces. Mi conclusión es que todo se resume en tres mensajes pedagógicos: el trabajo en equipo es mejor que la iniciativa individual, sé tú mismo y todos los animales son buenos. Yo tengo mis dudas. He visto trabajos en equipo desastrosos que solo se han salvado gracias a una iniciativa individual de última hora, he conocido a gente que ganaría mucho si fuesen otra persona y una vez me embistió una vaca. Pero entiendo que estos mensajes están pensados en términos muy generales. Y, por otra parte, yo no tengo cuatro años. Aunque la verdad es que Martín sí los tiene y él también alberga algunas reservas respecto a las serpientes, los tiburones y las moscas -sobre esto último, he podido tranquilizarle un poco-. Da igual, porque recientemente ha descubierto otro género audiovisual que le gusta mucho más. Se ha aficionado a las viejas películas de cine mudo, las del Gordo y el Flaco, Chaplin, Buster Keaton… El género del golpe y porrazo; el del tartazo y el tortazo, por decirlo con una aliteración. Él les llama, con esa simplicidad conceptual de los niños, «los vídeos de los señores tontos», porque le parece que hay que ser algo torpe para darse tantos golpes sin querer. Se parte de risa. Creo que les pasa a todos los niños que descubren este cine medio olvidado. Y, si bien se mira, es lógico, porque, salvo en lo de mudo, el mundo de los niños pequeños es el del cine mudo. Su vida es un slapstick, una sucesión de caídas, golpes, persecuciones, frenesí constante y gestos faciales exagerados. No sé cómo será de pedagógico. Bueno, en El Gordo y el Flaco hay trabajo en equipo; aunque el resultado no suele ser muy satisfactorio. Y en Luces de la Ciudad, Chaplin, en vez de ser él mismo, pretende que es rico para enamorar a la chica… Qué sé yo.

Hay alguien que disfruta aún más que Martín: yo. Vuelan los recuerdos. Cuando yo era niño y veraneábamos en Oleiros, había todavía aquel Festival de Cine de Humor en Coruña. Convencí a mis padres para que me dejasen ir a la ciudad en la lancha de Santa Cristina, solo, con un bocadillo de salchichón y el precio del billete. Me metí temprano por la mañana en la sesión retrospectiva que ponían en el Kiosco Alfonso, y resultó que era la cosa más exhaustiva que he visto en mi vida. Ponían un corto de cine mudo detrás de otro -Harold Lloyd, Larry Semon, Mack Sennett-, y, en medio, algunos largos clásicos: El Cameraman, La Quimera del Oro… Durante horas y horas, sin parar, todo el día, en una sala a rebosar de niños riéndose a gritos y corriendo entre las sillas como si aquello fuese la madre de todos los cumpleaños.

El bocadillo no me llegó a nada y me moría de hambre. Pero seguí allí hasta que nos echaron, y volví en la que debía ser la última lancha a Santa Cristina. Y esa noche, cuando mi madre apagó la luz del cuarto, tenía chispazos en los ojos de haber mirado durante tanto tiempo la pantalla, y agujetas de haberme reído tanto. Me dormí con la cabeza llena de caídas, saltos, golpes, trenes de vapor, policías corriendo… Y supe que me había enamorado del cine, para siempre. Y volví al día siguiente ? esta vez, con dos bocadillos.

Los señores tontos. Cómo los echaba de menos. Los veo ahora junto al pequeño Martín y me pregunto cómo he podido vivir todos estos años sin ellos. Y casi me parece que oigo el soplido hueco y ronco de la sirena de la lancha de Santa Cristina, a punto de salir otra vez.

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Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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