La gran migración de los aviones


Leonardo da Vinci estaba convencido de que el secreto del diseño de un avión se oculataba en la mecánica de las alas de las aves, así que se dedicó a observarlas e hizo dibujos de prototipos que hoy parecen pájaros robotizados. No era exactamente así, porque naturaleza y tecnología no son lo mismo. Sin embargo, sí es cierto que a veces se producen cruces entre ambas. Los trajes de buceo actuales están inspirados en la piel de los tiburones; el estudio de las telas de araña se encuentra en la base de algunos tejidos artificiales ultrarresistentes; el velcro se inventó a partir de la observación del poder adhesivo de los cardos en la piel de los perros… Los animales, por su parte, también han aprendido a adaptar de muchas maneras la tecnología humana para su propio uso. Las ardillas de Nueva York, por ejemplo, utilizan los cables de teléfono para cruzar las calles; algunas especies de aves en Tailandia han descubierto que, si anidan junto a las carreteras, el ruido del tráfico les protege de los depredadores; los manatíes de Florida ahora pasan el invierno junto a las salidas de agua caliente de las centrales energéticas costeras y los ornitólogos sospechan que muchos pájaros utilizan las autopistas para orientarse en sus migraciones.

Se diría que máquinas y animales, que proceden de capítulos distintos de El origen de las especies, se envidian y aprenden los unos de los otros. Es como si existiese un extraño equilibrio entre ellos: cuando el motor de explosión hizo que se redujese el número de animales de tiro se compensó con una explosión del deseo de tener mascotas; el crecimiento de las ciudades se hizo a expensas de bosques y muchos de los especímenes que los habitaban, pero multiplicó el número de las palomas… y así sucesivamente.

El confinamiento por la pandemia parece haber roto provisionalmente ese equilibrio. Con la desaparición de los coches, las carreteras y calles se llenaron de animales que corrían a llenar el vacío. El jabalí merodeó por las avenidas en Galicia; en Albania los estanques se llenaron de flamencos; en Estambul los delfines se adueñaron del Estrecho del Bósforo; en Santiago de Chile los pumas se pasearon por San Isidro y el Barrio Italia.

Y mientras los animales ocupaban el lugar de las máquinas, las máquinas pasaban a comportarse como animales. Así, decenas de millones de automóviles han estado hibernando como osos en la oscuridad húmeda de los garajes, y los 28.000 aviones de pasajeros que normalmente mantienen suspendida en el aire una población de trescientas mil personas, iniciaron una migración en masa como la de las aves en invierno. Corrieron a refugiarse en los aeropuertos, en pistas semiabandonadas, en antiguos aeródromos militares, en desiertos de Norteamérica o de Australia -para evitar la corrosión, los aviones prefieren hibernar en lugares cálidos y secos, como las aves. Sólo en uno de esos aeropuertos fuera del circuito, el de Teruel, se han juntado hasta nueve Airbus 380, el avión de pasajeros más grande del mundo, y la falta de espacio ha hecho que aeronaves gigantescas acaben aparcadas en caminos de tierra, en el campo, como si fuesen parte de la fauna silvestre.

Sospecho que allí sucede esto: al margen de los mecánicos, los aviones hacen acopio de vituallas, cambian de pluma y se aparean, a la espera de que uno de ellos se ponga en marcha. Se elevará sin ruido, y entonces se verá que tiene la forma de aquel animaloide híbrido que imaginó Leonardo. E, impulsados por el resorte del instinto, se pondrán todos a volar en una bandada con forma de cuña.

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Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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